jueves, 16 de mayo de 2024

 

 

 

 

COMO UN CUENTO

 

Mientras afuera se vislumbraba una fría mañana y todo parecía ser solo una experiencia similar a la que debía sentirse en un camino sin sentido y largo como el viento, adentro todo parecía indicar que tendríamos una reunión de voracidades tiernas y de lentas divagaciones. Subí rápidamente las escalas de la casa donde quedaron de encontrarse ese día las amigas de mi amiga y comprobé lo que efectivamente había sentido y previsto mientras venía, mientras imaginaba cómo se entrecruzaban las sensaciones alrededor de los mismos recuerdos de las horas vividas.

 

No sospechaba siquiera que todo lo que se iba a vivir allí ya estaba plenamente previsto con toda la anterioridad del instante fugaz, de una manera detallada, como si fuéramos a asistir a una ceremonia ya preparada de antemano y en la que ya supiéramos el papel que nos tocaría desempeñar en sus más pequeños detalles. La barandilla a la que me asía mientras subía me recordó toda la época en la que conocí a mi amiga por primera vez allá en el pueblo. Fue la época de mis primeras salidas a un mundo civilizado y nuevo para mis sentidos que comenzaban a despertar mientras me imaginaba muchas idas y subidas como a un alfombrado natural de juegos que acompañarían a los demás pero no a mí que me sentía aislado por completo. Pronto, recuerdo ahora, me fui acostumbrando a aquel ambiente de incomprensión y fastidio. Fue la época de mis primeras salidas al mundo de los otros.

 

Cuando subí y entré a la sala de la casa donde estaban, ví como una de las muchachas que estaban allí abrió lentamente la boca mientras las demás la miraban como quien ve un acontecimiento inusitado. Estaban sentadas alrededor de una mesita. Se rieron porque la que había abierto la boca era la misma que en sus sueños de esa noche había aparecido con un aroma indefinible como prestado por todas sus amargas desilusiones. Era curioso experimentar eso y también a mí me desilusionó mucho ver uno de los temas de mis sueños traspuesto impunemente a la región de la realidad cotidiana, pero dejé que las cosas siguieran su marcha para ver hasta donde llegaba esta juntura de dos niveles tan dispares y enfrentados como los de la realidad y el del sueño. Ellas siguieron moviéndose de manera natural y no le prestaron demasiada importancia a lo que para ellas en otra circunstancia hubiera sido ocasión de expresar todo el fastidio que sentían por la realidad invariable de sus intenciones.

 

Las ví como cuando había acabado de subir y me había sentado esperando poder descifrar en qué pararía todo aquello o cómo me tratarían porque de ese grupo de mujeres desesperanzadas y tenues solo conocía a una, la que precisamente era para mí la ocasión de entrar en ese mundo calmado de la realidad, de la memoria indescifrable. Se juntaron de pronto para mí las experiencias que como recuerdos estaban presas en mi interior y las nuevas sensaciones que se sucedían unas detrás de otras en esos momentos de contacto con un mundo nuevo de relaciones entre mujeres, mesa, mujer que abría la boca y mundo exterior que entraba a través de mi presencia en ese mundo dibujado en estos instantes en el papel que tengo ante mis ojos. Porque ya todo eso pasó y de todo eso solo queda lo que poco a poco voy redactando como materialización informe de todo lo que fue un momento en el tiempo, ya ahora sumido en el lugar de los recuerdos posiblemente para alguna de ellas u olvidado definitivamente todo el tiempo, para las demás o relegado al mundo de los sueños y de las desilusiones para mí. Aquella había abierto y ahora continuaba abriendo la boca. ¿Cómo relacionar este hecho con lo que ahora estábamos haciendo los que allí nos encontrábamos? Problema de vida o muerte para los hechos que deben ser revividos. Porque nuestros hechos, como cualquier otro ser o ente del mundo de los hombres, pueden morir o seguir existiendo merced a ellos mismos o gracias a otros acontecimientos que les dan razón de ser. ¿Razón profundamente filosófica que ahora viene a mi memoria o que en ese momento fue el objeto de mi pensamiento cuando trataba de explicarme de una forma completa todo aquello?  No lo sé precisamente. Sólo sé con toda seguridad que es un problema, que es un hecho que cuestiona todo mi cerebro o mi mente o el órgano por medio del cual yo solo puedo apresar la realidad que pasa a mi alrededor o en la que me desenvuelvo como otro más de mis sueños, cansados de añorar la realidad.

 

Era la misma región del vacuo sueño lo que nos mantenía adheridos unos a otros. Mago misterioso que así nos trata cuando no somos sino juguetes en las manos del fragor del momento que pasa como un sueño precisamente con todo lo fastidioso y nefasto porque es algo luminoso por unos instantes en que nos sentimos manejados como juguetes de papel y como títere de fieltro rifado en un bazar de colegio y vuelto nada en la primera oportunidad en que se lo intenta hacer actuar. Porque en el sueño estamos pendientes de lo que esa fuerza innominada quiera hacer con nosotros como si no tuviéramos voluntad y cómo si otros dispusieran por completo a su amaño de nosotros. 

 

Así me sentía cuando me senté en aquella sala que ahora sale desde dentro como del pasado porque, ¿dónde o cómo existía antes de estar en este momento pasándola a este papel que dejará de existir, cuando ya se quede guardado encima de la mesa o en este escritorio en que ahora se está plasmando? Existencia misteriosa y problemática entonces, la de nuestros intentos de transformar con nuestros sueños nuestros caprichos. ¿Qué tal que de esta forma nos mantuviéramos siempre pendientes? No podríamos existir sino como vaguedades, como vagas emanaciones de un polvo interminable entre nuestros contornos exteriores. Fue después de que me hube sentado cuando ocurrió lo único que me disgustó y por tanto me llamó poderosamente la atención porque fue lo que más se grabó en ese instante de dilapidación del tiempo: porque, ¿qué otra cosa puede ser la presentación y el estrechar las manos de personas que se han visto por primera vez y un instante más tarde ya no se volverán a ver nunca más? ¿Quién me puede contestar ésto sino la misma realidad que allí está siempre presente para devolvernos y confirmarnos todos los reflejos que se hagan de ella misma o imaginemos nosotros en nuestras cavernas interiores por donde no deambulan más que nuestros sueños?

 

Para seguir la relación normal de los hechos -objetivo de éste y de cualquier otro relato de la vida o de los episodios vividos o por vivir de la insaciable vida- lo que me llamó mucho la atención fue el que una de las que esperaba en el lugar en que ahora se concentra mi atención estaba abriendo la boca pero de una forma no acostumbrada por una persona en la categoría de una mujer -ya que la mujer siempre ocupa y ha ocupado una posición de prestigio en nuestros sueños tal vez porque durante el día estamos en forma continua en contacto con la realidad plasmada por una civilización netamente masculina que nos predetermina- porque cuando así abría la boca me imaginaba estar asistiendo al único espectáculo que de tal forma transformaba mi noción de la realidad: lo que significaba estar abriendo la boca una mujer a quien yo no conocía.

 

Miré al suelo y encontré solo mis zapatos y la alfombra estropeada. Pero lo que había visto seguía diciéndome que había visto algo distinto de lo visto todos los días. Seguí viéndolo en mi interior frío por el contorno. El frío de esa mañana aún estaba afuera esperando a que lo sintiéramos. Seguía así en esa misma posición, mientras me iba sentando. Los zapatos y la alfombra estropeada estaban allí como testigos de mi desconcierto. Una mujer que no conocía antes, que en ese momento abría la boca, no para bostezar o estornudar o manifestar algo -ya que estos son los usos cotidianos y habituales que le damos a la boca, fuera de abrirla para comer o para introducir algo en ella- y no podía esperar que en un momento no indicado para ello de pronto todo dependiera de la escena que veía en ese entonces. Estaba  desconcertado porque no esperaba éso. Más bien esperaba que todas ellas se sentaran y conversáramos un rato mientras se iban o mientras quedaran solas allí en la sala antes de que me fuera con la única mujer que allí conocía, a otro lugar o a donde habíamos elegido ir. Pero no esperaba de ningún modo que una de ellas permaneciera más de lo acostumbrado abriendo la boca de una manera desacostumbrada. Es increíble, pero ésto fue precisamente lo que hizo que esta realidad rescatada del fondo de los sueños se mantuviera ahora en el presente, precisamente por este hecho entremezclado allí con los otros, que lo confirmaban tan engañosamente. Pero esos hechos se reunían ahora en mi memoria alcanzados o sostenidos por estar abriendo la boca una mujer a quien yo no conocía.

 

Lo más real, que ahora tenía delante de mí, eran ahora mis zapatos y la alfombra porque los veía, pero, superpuestos a ellos, estaba la mujer que abría la boca como signo premonitorio de la relación entre seres que éramos nosotros mientras seguíamos escondidos en lo más íntimo de nosotros como guardando algún secreto aún oculto para los demás que estaban como reflejos de los otros y del Otro, la realidad más desconocida y solo desvelada en nuestros sueños, pero solo por algunos momentos, porque vuelve a ser invisible en los momentos cotidianos.

 

Tres visiones que servían como mi asidero a ese mundo recortado de estas mujeres que estaban ahí como mi lugar de encuentro con lo Otro, con los otros, oportunidad de hacer un nuevo contacto y no más, porque allí seguíamos como en un encuentro casual, esperando que la primera de todas dijera algo para reconocernos como personas que apenas acababan de ser presentadas, porque ellas tampoco se conocían todas entre sí. Recuerdo que la tenía más edad era la que figuraba como la conexión con todos nosotros. Ahora cuando estaba esperando eso, sentí algo nuevo y me hice consciente del estado en que estaba la silla en que de pronto me senté como para ocultar de esa forma el desconcierto suscitado por todo ese cúmulo de hechos aislados, reunidos como por el azar, para recuperar una realidad y aparecer como una experiencia distinta para cada uno de los que estábamos allí. Porque cada uno puede decir de diferente manera todo lo que pasó o sintió allí en medio de la inmensidad de recuerdos y de insatisfacciones que todos expresábamos indirectamente entre sí como queriéndonos comunicar con la extensión misma de la incomprensión.

 

Pero así seguíamos fríos, solo conscientes, ahora como yo, del contacto de nuestra parte posterior de nuestros cuerpos con la superficie tersa y abollonada de las sillas como único escape al hecho nefasto y frío de aquel encuentro tenue y desdibujado de personas que son extrañas entre sí. Sentía en la piel ahora mismo lo que era toda la experiencia senil de la extrañeza. No bastó solo la presentación sino la dilatación de aquel ambiente de tensión en que nos sumimos presas de nosotros mismos mientras el mismo frío ahora ya interior seguía siendo testigo de nuestros dardos interiores. Una realidad reunida solo para nosotros que estábamos pendientes de todo lo que pudiera ocurrir en todos los instantes sucedidos. No éramos los mismos que cuando entramos porque había ocurrido algo importante, aunque no valorado por la simple relación temporal de los hechos, sino por alguna experiencia no temporal sino espacial en que se reunían todos nuestros recuerdos como disputando su existencia a la transformación fósil de los tiempos.

 

Porque el tiempo solo muestra un solo lado de los hechos: el que tiene de común en su sucesión temporal como hechos reunidos por el simple pasar de los momentos, pero la sucesión espacial y aún más, la sucesión de las mismas experiencias que permanecen, las mismas pero distintas, para los que las tienen o las sienten como experiencias, hace que los mismos hechos manifiesten su ser distinto y esporádico, corrompidos solo por el paso nefasto del tiempo. Por eso podemos recuperar desde el presente la misma individualidad de los momentos como distintos entre sí, mas los mismos, desde el punto de vista de que constituyen la misma realidad interior para los que los tuvimos.

 

Así podemos ver desde el presente lo que pasó de alguna manera en el pasado, ya sea como sueño, formando parte de las acciones verdaderas del mundo vivido realmente por nosotros, como formando parte de él como actores de una comedia que se repite la misma cada vez que aparecemos en escena como manifestando la misma inquietud, que algunas veces es, o puede ser, angustia o espera, y otras, sensación de satisfacción, aunque momentánea, en nuestra contemplación de lo mismo pero distinto para los otros.

 

La alfombra en ese instante deslustrada y hecha tirones ya no parecía una verdadera alfombra sino una colcha de retazos recogidos en cualquier basurero y quizás ahora reparada o remendada o cambiada por otra. No he vuelto a saber de aquella sala ni de aquellas que allí estaban y que sólo, enfocadas ahora por mi recuerdo, constituyen el medio o el intersticio ciego, inanimado, como esos crepúsculos de verano que nos revelan no por ellos mismos sino por las ensoñaciones que hacen posibles en nosotros, todas las insatisfacciones por la tarea siempre dejada de cumplir y nunca completada del todo y que hace que sin darnos cuenta miremos hacia el otro lado para ver si encontramos otro espectáculo no tan doloroso, para nuestros mismos enfoques oscuros de lo cotidiano.

 

Entre mi mirar los zapatos que tenía puestos y la alfombra que estos pisaban, que me parecía muy inferior para el rango y la categoría como se diría, de aquel barrio, se entremezclaba el inmediato recuerdo de la muchacha que abriendo la boca constituía la primera sensación o impresión que tuve cuando llegué a aquella sala, que durante toda esta escena ya larga o alargada por mi ensimismamiento, había estado conteniendo mi retorno al lugar permanente de mi pasado, situado o localizado ahora en el lugar concreto del entrecruzamiento de mis recuerdos con lo que tiene la realidad de confuso y omnipresente al mismo tiempo. Estos mismos hechos se entrecruzan también ahora en mi mente y pasan lentamente al papel casi con la misma relación de formas, aunque no temporales como lo decía hace algunos segundos, sino como relación o sucesión de acontecimientos transformados por la mirada o la aceptación de quien los tuvo. Porque si solo fueran acontecimientos y no tuvieran relación con nada más sino con el espacio temporal que les sirvió de guarida, pues inmediatamente quedarían recordados cuando los enfocamos objetivamente como distintos unos de otros, como es el punto de apoyo y la actitud, por ejemplo, del científico o del que mira con mirada natural, científica, fría, la realidad: ésta es el conjunto de fenómenos existentes o posibles y no más. La relación que tenga el individuo que tiene esas diversas experiencias es tan solo accidental para la esencia o mejor para lo que son en sí mismo tales fenómenos.

 

Pero aquí estamos en otro plano completamente distinto donde no es sólo el tiempo el que singulariza estos hechos o fenómenos que han tenido ocurrencia en un momento de mi realidad o de mi sueño, o de mi única realidad conformada por las experiencias que pueda tener de alguna manera, sea en la vida real o en la vida del sueño, sino el conjunto de relaciones que tienen conmigo: con todo lo que estaba sintiendo o recordando en el momento mismo en que ocurrían o en que yo ocurría a través de ellos o lo que estaba pasando entre los que participaban en esos acontecimientos por infantiles, pequeños, cotidianos que puedan ser y yo que estaba siendo consciente de que no solo ocurrían sino que también yo también ocurría a través de ellos.

 

Por eso entre mis zapatos, los que me pongo todos los días una vez me he bañado, y la alfombra, y lo que yo sentía en ese momento de la presencia imprevista de una muchacha, abriendo la boca también de una forma imprevista, hay todo un haz de relaciones nunca completamente deshilvanadas o revividas por mí en este momento o en otro momento cualquiera en que pueda volver a recordarlas o analizarlas como algo que existió de alguna manera en mi remoto pasado y que tienen una relación candorosa con el momento actual ya que a partir de ellas puedo sentir de nuevo todo lo que sentí mientras subía a aquella sala en la que encontré de pronto todo lo que he narrado de alguna manera ahora en que lo he ido transfiriendo tal como sale de mi imaginación.

 

No es solo el hecho de revivir un instante que ha pasado lo que tiene en sí su importancia sino todo lo que significó para quien lo experimentó, que depende del conjunto de sus intereses y afinidades que tenía con la realidad en ese momento que se van a transparentar a través de los mismos actores de esta escena que ahora es patrimonio del pasado ya largamente expuesto a ser olvidado, porque así son los instantes una vez que han sucedido, ya sea en nuestros sueños o cuando palpamos la realidad. 

 

Es de la región del olvido de donde surgen todos nuestros recuerdos cuando son puestos en la mesa de trabajo del obrero que hace la disección del conjunto oscuro de la memoria. Por eso, con relación a la vida de las reales sensaciones, los recuerdos, y su vivencia casi onírica, se recubren de un aspecto especial, como no sobresalientes, como deleznables. ¿A quién importará la relación ambigua y confusa, vista desde el presente, que tenga el hecho de que una muchacha haya sido vista por mí en algún momento del decurso de mis instantes, con los demás hechos de la vida tan distinta para cada uno de los individuos que llevan a cabo esta misma vida? Pero me pregunto: ¿ésto pudo tener algún desenlace o fue algo tan peculiar, que aparece así aislado en la escena del desenvolvimiento de mis hechos sin más acompañamiento? Como estamos habituados a los conjuntos con sentido, a las obras con principio y fin, cabría esperar que en este caso, éste también lo tuviera.

 

Pero el único desenlace -para dejar las cosas tal como quedan aquí y ahora, y dejando a la imaginación del lector la posibilidad de seguir tejiendo los sucesos de su propia vida y los que él conozca de alguna manera por referencia- o relación con otro u otros hechos de ese pasado en ese mismo nivel de lo real, puede ser elegido de los que a continuación sucedieron  y tienen algún tipo de analogía con el que se acaba de relatar de una manera que yo llamaría escalonada: desde una de las ventanas de la sala, a la que precisamente me había dirigido al principio de este relato y donde me ocurrió lo que aquí ya se sabe con sus respectivos comentarios, pude ver cómo la persona que yo pensaba visitar una vez que hubiera salido de allí, se dirigía adoptando una actitud furtiva, tratando de ocultar precisamente lo que estaba haciendo, a la puerta de mi casa, de donde yo había salido un poco antes.

 

Pero ocurrió algo que a mi me pareció curioso y hasta imprevisto porque yo conocía al dedillo a dicha persona y fue que dudó, en el momento de tomar el pasillo que conducía directamente a la puerta de mi casa, y tomó otro, el que se dirigía exactamente a la puerta de la casa de la única persona a quien ya nunca podría visitar. La de su amiga que había muerto hacía escasamente dos meses. En este momento es donde en mi memoria toma cuerpo, de una forma concreta, este aparentemente deshilvanado relato porque la amiga muerta que aquella pretendía visitar inútilmente, se asomó a la ventana abriendo desmesuradamente la boca en un impresionante gesto de dolor indemostrable y apabullante, dándole a todo el contorno que se extendía desde su ventana hasta la mía, desde donde yo la contemplaba, mudo de espanto y de espera, impresionado por el tremendo frío que ya me hería hasta los pliegues de la memoria, el ambiente lánguido de las catacumbas en un invierno de país tropical. 

 

Era la misma persona que estaba en aquella sala que ahora parecía por esta razón como un lugar donde se reunían lo siniestro y lo fantástico. No lograba explicarme de ninguna manera cómo se habían transmutado todos mis recuerdos en ese instante hasta tal punto de superponerse unos a otros, y en medio de todos, surgía un hálito de misterio y como de fantasía que los recubría. Sólo pude hacer una sola cosa: guardar el más conmovido silencio mientras podía explicarme algo o mientras intentaba clarificar de algún modo todo lo que había pasado en la realidad y en mi mente que participaba tan misteriosamente en los acontecimientos que habían ocurrido de un modo inextricable solo comprensible para los actores que actuaban en aquel ambiente de fiebre y hastío, porque nuestra razón siempre se esfuerza por comprender lo oscuro y lo confuso aún en medio de las mayores incomprensiones y lugares comunes de nuestra existencia sembrada de tantas cosas incomprensibles.

 

Lo que más llamaba mi atención y me obsesionaba era la posibilidad que podía haber ocurrido y lo único que podría explicar ese aparentemente sin sentido: la de que se hubieran transgredido las eternas leyes del suceder temporal porque era como si no se hubiera tenido en cuenta el tiempo para la sucesión de todos estos hechos unos encima de los otros. Es como si al mismo tiempo, de una manera incomprensible hubieran ocurrido los siguientes hechos: la muchacha que abre desmesuradamente la boca, su muerte ocurrida dos meses antes y el asomarse desde una de las ventanas de la casa de enfrente donde yo la había visto un instante inmediatamente antes, porque para que se hubiera asomado a la ventana tenía que haber muerto porque fue esto precisamente lo que más impresionó a mi amigo que se dirigía a mi casa y en vez de penetrar en ella hubiera dudado y se hubiera dirigido más bien a donde nunca había ido y donde no tenía nunca por qué ir.

 

Entonces los hechos se relacionaban necesariamente entre sí pero de un modo fantástico, increíble, como en la región de los sueños o del cuento fantástico donde pueden ocurrir los hechos más irreales que se pueda imaginar y donde se pueden superar todas las leyes físicas y temporales del mundo real de todos los días.

 

 

PRODUCCION TEXTUAL Y REFLEXION PEDAGOGICA

Cuando un sujeto que tiene experiencia al escribir es exigido a hablar sobre los temas o asuntos literarios —sobre lo que es su dedicación cotidiana o habitual— adelanta algunas justificaciones o aclaraciones que sorprenden o por lo demasiado obvias o al contrario por lo sumamente extrañas o “subjetivas”: que se trata de dejar todo a la inspiración, que es la mitad trabajo y la otra mitad intuición o método ya aprendido en anteriores esfuerzos de escritura. Que no se puede seguir o definir una estructura previa, un método y a continuación seguirlo fielmente. Que se trata sólo de comenzar e ir construyendo sobre la marcha el desarrollo de lo que finalmente será o sería el texto (libro, novela o cuento) como obra final.

La producción textual es un asunto misterioso, inconsciente, desconocido, tan sumamente subjetivo que intentar objetivarlo o pensarlo sería imposible o daría lugar a tantas opiniones como autores se trata. Sería más conveniente apreciar o disfrutar en un sentido estético precisamente de la obra final, del texto que se nos presenta, prescindiendo de las condiciones de su producción. Acá, sin embargo, hay implícitos algunos cuestionamientos que si se pretendiera ahondar en el tema, se podrían explicitar o tematizar. Desde un enfoque epistemológico —o pedagógico se podría decir— es interesante o pertinente sondear en el asunto de la producción teórica: no tanto para esclarecer “finalmente” cómo se realizó ésta, sino con el propósito de entender un tanto este proceso tan “emocionante” de la producción de una obra literaria, como obra de arte —como obra de creación literaria— aunque, de nuevo, valga la redundancia, se encontraría uno con las opiniones más diversas y personales, si se interrogase directamente a sus creadores.

Pero sin pretender realizar un “tratado de la creación literaria”, se puede pensar cómo, de qué forma, a partir de qué elementos, con que estructura se trabajó, qué influyó más en una determinada obra, si lo biográfico, en forma esencial, o la crítica a una realidad social o imaginada, si las lecturas previas realizadas por el autor en cuestión o la formación de toda una vida conformada por las lecturas realizadas desde la más temprana infancia, etc.

En este enfoque formativo se trata de entender el proceso de construcción de un texto para poder orientar, a los que pretendiesen formarse como escritores, cómo debieran proceder o actuar: se parte del supuesto de que es suficiente desestructurar, por así decir, la obra escrita, el texto literario, para conocer su proceso de elaboración o de construcción como obra de arte. No tanto a nivel de disposición de los elementos materiales empleados: sistema de la lengua escrita, gramática, sintaxis, ortografía, etc., sino en lo que se refiere al proceso de imaginación o de planteamiento desde o de los temas que determinaron o guiaron el proceso concreto de escritura. Aquí algunos anotarán que esto es lo que le da al proceso o al hecho de escribir toda su especificad y dificultad: que no se puede generalizar o intentar develar algunas reglas o un método general que pudiera ser objetivado u enseñado para lograr o mejor formar futuros buenos escritores...

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Recuerdo por un breve instante todo aquel ambiente vivido que existió como un denso carnaval y del que no queda más que el remoto recuerdo que por un instantáneo momento revivo, pero para desaparecer de nuevo y seguir todo en el ahora vivido como el único tiempo realmente existente. Todo ese pasado ya ha quedado definitivamente vivido y sólo como parte de un pasado que cada día, o cada instante que nuevamente transcurra, se irá borrando más de nuestra memoria, hasta tal vez desaparecer ya definitivamente. ¿Por qué habré de recordar algunos de esos instantes o escenas vividas hace ya tanto tiempo? ¿Por qué he de volver, con mucha nostalgia en algunos casos, a dichos acontecimientos tan cubiertos ya con el polvo del olvido? ¿Por qué se recuerdan algunos momentos, como escenas de un gran fresco que aún permanece en nuestra memoria, como sin atreverse a irse, a perderse del todo? ¿Por qué todo lo que conformaría la totalidad de dicho fresco o grabado aún se mantiene como latente pero no logramos del mismo recuperar de igual manera dicho conjunto? ¿Por qué puedo recordar algunos acontecimientos vividos en la infancia? ¿Por qué tienen aún ese ámbito afectivo o esa carga de emotividad? El recuerdo es lo que mantiene vivo el afecto. Existe como una especie de relación entre el presente y el pasado, como un hilo conductor que mantiene la tensión entre los diferentes momentos vividos, de tal modo que le da ese carácter de continuidad a la vida y así ésta aparece como una presencia constante, sostenida por el fluir permanente de acontecimientos. Suceden los hechos, ocurren acciones, se desarrollan actuaciones: así se podría decir que todo ese fluir que es la vida de cada persona, de cada “personaje” en la trama novelesca que conforma el todo, tiene una significación profunda, de la que no somos conscientes, pero se desenvuelve sin la participación efectiva o afectiva de nosotros como sujetos. Es decir, la realidad para fluir como tal con la dimensión real que tiene, no requiere que nosotros —en tanto sujetos que participamos en esos mismos hechos—, seamos sus productores o ejecutores para ser tal realidad.

Hay una significación que sostiene todo el orden real: todo hecho por sencillo o elemental que haya sido tiene un sentido con relación a los demás hechos vividos del pasado y por tal carácter es que un sujeto actual —yo, actuando como tal sujeto— puede recordar, relacionar unos hechos vividos en el presente con los que se vivieron en ese remoto —o reciente— pasado. La recuperación o rememoración de un pasado es posible, pues, por la relación inextricable, incomprensible, en un primer momento, que tienen los hechos entre sí. Este orden o relación es lo que les da su profunda significación actual, recuperable por la rememoración. Pero lo que hay que señalar es que esta rememoración —o acción de recordar—, una especie de nueva anámnesis, según el significado platónico, es muy deficiente o sólo funcional en ciertos procedimientos de carácter sicoanalítico o literario. Pero no se realiza normalmente por el sujeto como parte de su vida o actividad cotidiana (por lo general se le asigna sólo a ciertos profesionales: sicólogos o siquiatras con propósitos curativos o terapéuticos exclusivamente). Mi propuesta es tratar de llegar a emplear como una metodología pedagógica este procedimiento mnémico, pero no sólo como una forma de recordar y de relacionar hechos o acontecimientos vividos del pasado con alguno del presente, con el único propósito de recuperarlos del olvido —como una nueva búsqueda del tiempo perdido— sino con el propósito u objetivo de fundamentar la subjetividad en una continuidad temporal o, en otras palabras, darle al sujeto la capacidad de tomar conciencia de su continuidad temporal o constitución a través de sus diversas actuaciones en el transcurso temporal: que sea consciente de que es y ha sido el mismo sujeto a través de su historia. Es una propuesta que se enmarca en el contexto de la pedagogía reconstructivista: como fundamentación de un proceso formativo que no se puede reducir a los procesos cognoscitivos o gnoseológicos. Esto se debe apoyar en la constitución previa del yo o del sujeto consciente y cognoscente. Es el proceso fundante ético pedagógico que recupera todas sus relaciones existenciales y temporales, propuesta que desde la Modernidad se denomina proceso de constitución del yo consciente o sujeto filosófico. Entonces se trata de que el sujeto tome conciencia de su subjetividad transformándose a través de su proceso histórico formativo. Que en cada etapa de su proceso formativo ha sido el mismo como en una continuidad subjetiva, fundamentada en sí misma para cualquier proceso formativo que pretenda apoyarse en un fundamento sólido. Recordemos que Descartes en la Modernidad pretendía básicamente fundamentar en el yo pienso (Cogito) la base de todo proceso cognoscente, ético, y por lo tanto, político y formativo.

Lo que se manifiesta actualmente como pérdida del sentido de vivir, depresión o baja autoestima en el sujeto como problemas vitales que están impidiendo procesos formativos sólidos es que el sujeto actual, ante la avalancha o exceso de información, ya no se percibe siquiera como sujeto, como un centro de posibilidad formativa, sino a lo sumo como una esponja que podría recibir cualquier cantidad de información. O sea, es el sujeto diluido en las cosas, en la exterioridad, en los otros: pretende o espera que sean los otros, el Otro, quien le ayude o mejor resuelva todos sus problemas, que le dé la solución completa de cualquier interrogante, o ni siquiera ve la necesidad de interrogarse sobre nada, porque del exterior de sí mismo es de donde espera que le ha de llegar las soluciones empacadas para cualquier situación o dato.

Un proceso pedagógico auténtico debe lograr orientar esta formación esencial en el sujeto en tanto éste se esté constituyendo como tal. Más que información de datos (o contenidos con un propósito cognitivo) de lo que se trata es de estructurar la subjetividad como fundamento sólido en que se pueda sustentar el proceso formativo, no como una adjetivación o agregación de valores o datos o conocimientos. La formación se inicia con el autoreconocimiento del yo como sujeto autónomo, que puede decidir por sí mismo, que es autoconsciente y responsable del proceso que él mismo ha iniciado, solo, aunque con la asesoría de sus verdaderos maestros. Esta autoconciencia hay que irla propiciando gradualmente, no propiamente como etapas previamente programadas, sino como un proceso consciente, autónomo, histórico, subjetivo e irreversible (ya que no se puede devolver para corregir y volver a desarrollar lo que no se haya podido conseguir).

No existen modelos de formación a los que se pueda acomodar cada sujeto en formación, en un amoldamiento o copiado. La formación no se logra imitando un modelo exterior que se estuviese siguiendo como objetivo. Tampoco, sacando una supuesta esencia de lo que una persona o sujeto tendría en su interior como un núcleo o semilla que pudiera ser desarrollada como tal. Por eso se puede decir que la formación es un proceso complejo en sí mismo que ya que no está predeterminado, ni se puede planear como cualquiera otra tarea o proyecto humano. Depende de una serie de valores, realidades, elecciones decisiones, tomas de conciencia y hasta conflictos —superados— que la van constituyendo en cuanto proceso humano. No es una sumatoria de elementos o eventos que se dieran previamente y sólo se diera la necesidad de agregarlos o incorporarlos en una nueva realidad. Hay que pensarla más bien como una integración problemática y compleja de procesos y actuaciones a su vez complejos y trascendentes, en el sentido de que no se pueden reducir a alguno de sus elementos componentes.

Hay que insistir, entonces, en el sentido profundo de formación como Bildung o construcción a partir de elementos complejos que se integran de un modo consciente, moral y filosóficamente hablando, del tal como que en cada estadio de dicho proceso, el sujeto está cada vez mejor estructurado y no simplemente agregado o acumulado por todo lo que habría recibido del contorno o mundo exterior.

Esto es lo que permite decir que desde una sola disciplina no se puede abordar la complejidad que constituye la formación. En el contexto de la Postmodernidad hay que hacer un abordaje multidisciplinar de dicha complejidad. La conjugación de varias disciplinas para fundamentar y orientar el trabajo de la pedagogía es lo que se pretende hoy en día para poder entender más acertadamente el proceso de la formación y sobre todo para poder orientarla mejor, o sea para que se dé realmente un verdadero proceso de formación o en otros términos para poder corregir a tiempo, desviaciones.

He pensado sobre la posibilidad de relacionar dos disciplinas o enfoques aparentemente tan dispares como son la pedagogía y la lingüística. La intuición —o casi despropósito— surgió primero en forma de sueño, sí, de un real sueño o de un sueño que realmente tuve una noche o más bien ya al amanecer porque —recuerdo en particular ese detalle— desperté precisamente casi de inmediato o justo luego de haber tenido el sueño al que me estoy refiriendo. Soñé que estaba en un espacio al aire libre, posiblemente en un escenario amplio como el de un teatro, y allí estaba exponiendo un tema al que le prestaban atención muy motivada mis oyentes de turno en ese momento: colegas profesores de artes y de ciencias sociales. Recuerdo de manera muy detallada y emotiva, como ocurre en algunos sueños de los que recuerdo muchos detalles porque los acababa de tener en el momento justo en que me despertaba, que les estaba sustentando lo que para mí era lo más importante y decisivo para elaborar mi proyecto intelectual: lo literario es una especie de conjuro sobre lo real para poder entender o asir el sentido profundo de lo que es o se desarrolla con o en torno a nosotros: todos los elementos que conforman nuestros procesos reales se articulan de tal modo que —aunque no seamos conscientes de ese orden aparentemente oculto— van originando el orden o nivel de realidad que se presenta ante nosotros y nos envuelve conformando la vida actual de cada uno. Esos elementos se articulan ante nosotros de la misma forma en que se articulan los elementos lingüísticos desde el enfoque significativo, es decir, que se relacionan entre sí por lo que tienen de significación: se van estructurando de tal modo que van adquiriendo un significado al relacionarse entre sí: es la relación entre estos elementos lo que le otorga el sentido muchas veces oculto a nuestros actos. Cada acto en sí mismo no significa nada trascendente: es dicho acto y no más, pero cobra su sentido verdadero cuando se relaciona con los otros actos con los que debe formar un conjunto armónico. Se ha creído, hasta ahora, que la relación o articulación se da sólo entre los elementos que son significativos por sí mismos: los signos lingüísticos, entendiendo por éstos no sólo las palabras, sino todo elemento sintáctico, desde los fonemas hasta las estructuras significantes más complejas como la frase o el párrafo. Sostengo, entonces, que todo, en la complejidad de las relaciones humanas, está estructurado como un lenguaje —pienso en la tesis lacaniana de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, en el sentido de que un solo elemento por sí mismo no es significativo sino en la medida en que esté relacionado y articulado con todos los demás en diferentes series significativas de las que no somos conscientes en cuanto tales, o en otros términos, las que no tienen que pasar por la conciencia del sujeto que las tiene para poder constituirse. Es un proceso significativo la vida misma pero no requiere para tener tal significación que sea consciente o pensada por cada sujeto en particular. La recomposición del orden real se da como una rememoración, como un proceso de anámnesis de los eventos que no se consideraban significativos en sí mismos. Por eso se recuerdan los acontecimientos pero en relación unos con otros, o un acontecimiento en particular, se logra rememorar más claramente en la medida en que lo relacionamos con otro u otros en una especie de complejidad que pasa por encima o por debajo de estos mismos acontecimientos o como se dice ahora, meta, más allá de estos mismos, se encuentra un orden o una estructura que funciona de tal manera que los eventos que ocurren son sólo una manifestación de ese orden oculto, estructura que estaría latente u oculta. Los hechos en que participamos o los que realizamos tienen una estructura latente, oculta, que no logramos comprender completamente porque no se necesita para que la vida pueda vivirse, para que pueda darse como tal: vivimos como si no viviéramos.

 

 

 

TAREA PARA UNA EPISTEMOLOGÍA DE LA COMPLEJIDAD

POR: Iván Bedoya Madrid (Facultad de Educación)    jbedma@hotmail.com

La actual era informática en la que tienen tanta vigencia las nuevas tecnologías de la información con el acceso a través de Internet a las bases de datos de toda índole ha evidenciado el carácter complejo del conocimiento y de la problemática teórica en torno a él. Los conocimientos ya no se pueden tomar como meros datos reunidos en teorías cerradas o sistematizadas a partir de grandes dogmas o principios generales o universales, sino que están articulados de tal modo que sus imbricaciones son irracionales o desbordan lo que hasta ahora se venía teniendo como racional al estilo de un Kant, o un Hegel, por ejemplo. La articulación se da más bien por problemas que desbordan el sentido mismo de las teorías, es decir por algún problema metateórico que no estaba dado de antemano del tal modo que alguien pudiera predeterminar los pasos a seguir y la teoría como explicación a la que habría que llegar de manera ineludible. Como se decía desde la Historia de las Ciencias, en una ciencia nada está dado, todo hay que plantearlo. O sea, una ciencia no es un conjunto sistemático de contenidos o de conceptos ya estructurados o planteados. Una ciencia es más bien un contexto teórico y metateórico para plantear nuevos problemas. Nada está dado para ser recibido, aprendido y repetido en forma indefinida. Una formación científica es la capacidad para descubrir y sobre todo saber plantear nuevos problemas. Estas nuevas redes de la comunicación tan dominantes actualmente han permitido descubrir y hacer evidentes estas nuevas formas de acceder a los conocimientos. Estos, más que unos contenidos cerrados y sistematizados que habría que estudiar, esto es, sacar de los libros ubicados en las bibliotecas públicas o privadas, están constituidos por un conjunto de acciones en que participan y se comunican muchos sujetos de conocimiento. (Pensemos lo que representa la Wikipedia: un proyecto enciclopédico elaborado con la participación de los mismos internautas a nivel mundial).

Más que una racionalidad para estructurar los conocimientos, se impone el criterio de la comunicación, es decir, importan más las ideas cuando son comunicadas en estas redes en que participan sujetos de los que escasamente se sabe el nombre y de pronto solo una foto subida desde su oficina o lugar de trabajo que puede ser ya su misma casa. Ya no es la reflexión como pensamiento centrado en un sujeto cartesiano (cogito) sino la comunicación como tal la que se impone como garantía de verdad o de aceptación o criterio de difusión de dichas nuevas “verdades”. Estas se consideran como tales si han sido difundidas y aceptadas por muchos, ojalá  por casi todos los que puedan acceder a ellas. De ahí la importancia del famoso “me gusta” como garantía de su difusión y aceptación.

Comunicar es aquí compartir los conocimientos, (no interesa que sean muchos y no importa su validez o su verdad) extenderlos como un “reguero” para que cubran cada vez más receptores pasivos de dichos contenidos recibidos. Los conocimientos se convierten en “noticias”, datos, que deben ser entregados a los nuevos receptores o sujetos ávidos de este tipo de contenidos que siempre van a estar a la espera de lo nuevo que se esté difundiendo para irlo a consumir. Se está pretendiendo en este proceso comunicativo que dichos contenidos sean apropiados por muchos individuos en cada vez nuevas redes de sujetos internautas que se van convirtiendo en redes universales. Así se impone un nuevo sentido de verdad: lo que es aceptado por todos los que reciben estos supuestos “conocimientos verdaderos”. Ya que nadie empieza a dudar o siquiera indagar quién o cómo los han producido y solo es suficiente que venga acompañado, si es posible, de una imagen como la única garantía de su “verdad”. No hay lugar para la discusión o reflexión sobre estos contenidos recibidos. Se aceptan y listo: si se accede a ellos con solo “dar un click” ya es garantía de que ha cumplido con el objetivo de la difusión y la extensión y así vemos cómo “falsas verdades” se han convertido en todo y por todo en “verdades” que todos tienden a aceptar como tales solo por el hecho de que las han leído u obtenido en Internet y otros así lo han “confirmado”. Un enunciado se considera verdadero si es aceptado por muchos con tendencia a que sea por todos y esto es suficiente para tomarlo como verdadero. Así llegamos a la famosa “postverdad”, o sea, lo que no puede pasar por la prueba de la verdad, o su “comprobación”, pero como se ha conseguido con otro criterio, hay que aceptarla como tal. 

Ahora bien, una epistemología de la complejidad no es que tenga que partir y aceptar este estado de cosas sino que tiene que entrar a analizar y cuestionar por qué se da y cómo se produce entonces esta situación tan compleja en la que se va imponiendo un nuevo criterio de verdad y una nueva ética: la que es validada por muchos o por casi todos: como “ellos” lo dijeron y difundieron así debe ser  y así hay que aceptarlo y proceder a retransmitirlo para quedar “bien” con todos porque estos “todos” (sujetos innominados o anónimos) así lo han impuesto y difundido. Es la ley de la masa, del rebaño, como está muy bien expresado en el adagio popular: “para dónde va Vicente, para donde va la gente”.  Estamos siendo conducidos por los que manejan las redes sociales como el rebaño que va para el despeñadero. Y se llega así a decir: aquí no hay ética que valga. Lo único válido es que sea seguido por todos y basta. No hay que preguntar o plantear nada más. Aquí termina todo para este conocimiento convertido en noticia: sigamos abriendo páginas o ventanas para ver otros contenidos más “nuevos” que puedan interesarnos o emocionarnos. Ya no hay ética que valga porque ya no se está buscando quién o qué determina el procedimiento correcto en este nuevo acceso al conocimiento que se supone verdadero o que ni siquiera se cuestiona su estado o carácter de verdad. Simplemente se impone porque así lo han difundido y ha sido aceptado por todos. Se aceptan estas ideas o contenidos sin tener en cuenta una ética o  una filosofía como garantía de acceso  a lo verdadero.

El cuestionar este actual estado de cosas en el acceso a los contenidos teóricos (denominados así porque es en lo que ahora más pensamos) es una de las tareas asignada a una epistemología de la complejidad

 

DIARIOS DE UN AMANTE.  3  (una despedida a Paquita, con quien conversé y a quien traté en forma muy cordial)

  

Hay cosas a las que uno nunca se puede acostumbrar. Vienen los acontecimientos tristes de una partida que nos ha dejado a todos por acá sumidos en el vacío. No queda sino el momento para recordar. Recordar es evocar, como te lo decía en cierta ocasión. Fueron momentos no sólo inolvidables sino de mucha alegría para mí. Encontré en tí un tesoro del que ahora sólo me doy cuenta. Tú eres como una mañana silenciosa que surge de pronto mostrando toda su belleza poco a poco. 

 

Me has dado muchos motivos para recordarte. 

Te recuerdo en todo momento. 

El recordarte me trae mucha alegría 

Por eso no lo quiero dejar de hacer nunca. 

No sé por qué no te conocí antes, 

si eres como una perla que, aunque pequeña  

encierra un valor invaluable por su calidad. 

 

Que todos los instantes vividos junto a tí 

nunca se olviden. Es que no pueden olvidarse 

porque me diste una nueva visión de las cosas. 

Tanta alegría y paz en tu acción, 

tanta bondad y sencillez en tu mirar, 

tanto encanto cuando estrechas una mano, 

cuando afectuosamente prodigas una caricia, 

cuando tristemente evocas lo pasado  

y que ya no volverá sino solo por la imaginación. 

 

Si alguna vez me sentía un poco extraño 

junto a tí era porque siempre me deslumbraba  

un encanto que es para mí imposible de describir. 

 

Separación como la de una planta de su terreno vital. 

Alejamiento de lo que fue motivo  

de alegría una y muchas veces.  

Disfrute encantador de un mundo  

de sincera felicidad al lado  

de personas que te aprecian. 

Una labor asumida en lo profundo  

de tus recuerdos buenos y llameantes.   

Un percibir un mediodía  

lleno de anhelantes porvenires 

Camino recorrido por un breve interludio. 

Unos intervalos interrumpidos  

por momentos de nostalgia entre murmullos. 

Quisiera que sintieras todo lo que se puede 

experimentar en una tarde  

con su crepúsculo ardiente y ondeante, 

lo que se escucha cuando uno se oye a sí mismo  

en un sendero bordeado de pinos  

arriba en la montaña,  

lo que se aspira cuando se abren los brazos  

y se pretende abarcar el universo con sus misterios,  

lo que penetra y produce escozor  

cuando se contempla  

lo inmenso de una hermosa noche de verano,  

y las humildes estrellas que a la distancia  

dejan traslucir su titilante lucidez. 

 

Te sentí tan cerca cuando te oía tiernamente  

en tu conversación cálida y confiada. 

Te sentí tan cerca como se siente  

el agua fría y sabrosa cuando cae  

a lo largo del cuerpo. 

Eres una margarita no deshojada ni cortada. 

Eres una margarita altiva y hermosa  

en el jardín florido. 

Eres una tierna flor de las que tomamos  

para hacer delicados ramilletes  

de pétalos entrecruzados. 

Eres más que la flor: eres florescencia  

que aparece en lo más hermoso del verano. 

Te presiento, te siento,  

te pretendo, me tiendo hacia tí  

tratando de no perderte.  

Te busco, te sigo, re recuerdo, te hallo.  

Y callo. 

 

Te miro en lo hondo de mi imaginación  

y veo más que tu silueta.  

Veo tu mirada acariciadora.  

Me penetra.  

Es como un rayo esperado  

para iluminar el frío escenario en que te percibo.  

Te persigo.  

Te alcanzo y siento en tí  

un inmenso latido de vida.  

Te siento plena: eres alegre y lo recuerdo. 

No me despido.  

Te conservo. Te tengo en mí.  

Todo me dice que tú estás.  

No lamento.  

Canto a tu sonrisa. 

 

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En el momento de estrechar un abrazo de una despedida se siente lo triste de la separación. Se siente un escozor incontenible que estalla en llanto. Es natural después de lo que se vivió y convivió en la sincera paz de unos cuantos días que se vinieron a convertir en algunos meses. Se recuerda la convivencia. Se recuerda lo bueno del encuentro. Se estremece el pensamiento cuando se mira hacia el pasado vivido pleno de vida y satisfacción. 

 

Sólo queda el momento para agradecer todo lo que me aportaron, todo el sincero alojamiento que me dieron en ustedes mismos. Me siento acompañado aquí por ustedes, aunque se van, aunque nos dejan. Todo ahora en estos momentos es agradecimiento. Quiero que no sea sino ésto: porque lo otro sólo es afecto hacia nosotros. No hay nada más ensoñador que recordar todo este inmenso lago de satisfacciones pasadas, ocurridas, idas y ahora solo recordadas. 

 

Ahora viene el viaje. El viaje tan esperado y tan querido. El enlace con la casa buena y amplia de la familia. La casa. Nuestra casa: porque allí iré con mi imaginación a recordarlos. A llamarlos. No intento olvidarlos: los veré laborando para el futuro grato de la vida. Los sentiré inquietos en la construcción del porvenir. Un mañana hermoso que los espera para sentir y vivir y colmar y disfrutar y amar… 

 

Aquí quedamos quienes los quisimos. Aquí pernoctamos los que en el día solo recuerdan y sienten el vacío de la despedida. Aquí permanecemos los que serán su contacto con Colombia, su lazo con esta tierra amplia y cálida. Aquí.  Su tierra. Nuestra tierra encubierta por su presencia y su ausencia. Los ausentes quedan con nosotros. Los amamos. Los queremos. Los sentimos. No se han ido. Solo se han ausentado por unos breves momentos que aunque parecen siglos son instantes. 

 

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 Todo aparentemente ha seguido igual por aquí, pero tú sabes bien que una cosa es la apariencia y otra la realidad. Esta en efecto, es muy dura si miramos bien las cosas, ya que una separación siempre trae dolor para los que quedamos, expresado de una u otra forma. Es mucho lo que quedó sin hablar entre nosotros, a pesar de que siempre conversamos varias veces. Te tengo presente siempre en mi memoria. Fuiste como un llameante relámpago que pasó de manera rápida y tocó brevemente mi esperanza. ¿Te cuento una cosa? No sé por qué es tan grato para mí el recordarte. Es como si penetrara en un ambiente cargado de riqueza y paz. Presiento entrar en un lugar nunca antes conocido, pleno de dicha. Me traes la paz. La cambio por el desorden. 

 Cuéntame de tu vida reencontrada con tus lazos familiares. De tus nuevos encantos en tu tierra que es tan tuya. De tus risas en el retorno largamente esperado. Dicha compartida desde aquí por quien te recuerda. Espacio renovado al contacto de tu presencia y por esta misma compartido. 

 Tan consternados por la dicha que les sale al encuentro. Aturdimiento convertido en serenidad. Abiertos a la dulce novedad. Simbiosis desplegada como grupo de gaviotas sobre las aguas ondeantes. 

 Notas la carencia de las que, presentes alegraban la estancia. Solo nostalgias y pesares percibo en el antiguo hospedaje. Los viejos vuelven una y otra vez a su alargado suplicio compartido, mientras las jóvenes van y vienen constreñidas y pacientes. Queda la espera del tiempo, silenciador de distancias. 

 Todavía me parece recordar aquella venida del aeropuerto. Mientras tratábamos de divisar aún el avión en el aire sin cruzar todavía la cordillera, veíamos como las nubes grises presagiosas de lluvia acompañaban nuestro desconcierto. Brevemente alcanzamos la parte externa del terminal aéreo y tomamos un taxi. Los que esperaban la partida del avión y los demás familiares de los pasajeros se encaminaron a lugares distintos. Habían asistido a la ceremonia de la despedida. Ya había pasado. Todo quedó en silencio. En el breve trayecto hacia la casa veíamos las cosas de un cierto color: el color que las hace tristes. Sólo veíamos salir más carros. Otros llegaban. Comprendí que todo había vuelto a su lugar original y a su estancia habitual.  

Espero que te encuentres muy bien. Mis complacencias por ese armónico amor que los une y que sean cada día más felices. Que todos en tu casa se hallen bien y gocen con la presencia 

 

Pronto comprendí que mi profunda impresión  

solo fue asunto de instantes.  

Cuánto siento que aquellos momentos hayan pasado.  

Todavía creo vivirlos.  

Cuánto deseo vivirlos ahora intensamente. 

Veo en penumbra lo que me alegró una vez.  

Sólo una vez alcancé la emoción ya solo recordada.  

Lo sentido pasa cual un fugitivo crepúsculo  

tras sus ondeantes llamas.  

Cuán pronto anduve aquel camino  

transitado por tristes sombras.