domingo, 6 de mayo de 2018

EPISTEMOLOGIA DE LA COMPLEJIDAD

“Conócete a ti mismo”: aforismo que nos sitúa o nos devuelve a lo más esencial y valioso de la tradición filosófica griega: la importancia del primer conocimiento esencial sin el cual no podría iniciarse ningún conocimiento auténtico. Antes de iniciar cualquier proceso de conocimiento es necesario analizar, es decir, conocer las propias  capacidades de que dispongo para realizar dicho proyecto: no puedo partir sin hacer unos preparativos como quien debe disponer todo lo previsto antes de iniciar cualquier viaje de navegación. Con qué recursos cuento para saber hasta dónde podré llegar. En  el caso del conocimiento hay que conocer previamente quién soy yo como sujeto que inicia un proceso de conocimiento, qué recursos y sobre todo qué limitaciones o de qué elementos limitados dispongo. Hoy, sobre todo, ante la perspectiva de un conocimiento más complejo o problemático como se pretende desarrollar es cuando más es necesario analizar las implicaciones de este famoso aforismo griego. Conocerse a sí mismo en este contexto significa que antes de iniciar un proceso de investigación científica hay que investigar previamente con qué recursos cuento para iniciar y llevar a cabo dicho proceso. Aquí es donde encontramos el primer rasgo de la complejidad del proceso de conocer: conocer no es un proceso lineal que empieza en A y que tiene que llegar inmediata o sucesivamente a un punto B. Conocer es un proceso complejo porque no se trata solo de iniciar desde un momento determinado dicho proceso para llegar como fuese a su desarrollo u objetivo como se había pretendido hacer en la Modernidad mediante el famoso “método científico”. El conocimiento es complejo porque  siempre se exige estar reflexionando no solo a partir de la teoría que estamos tratando de “aplicar” para llegar a un determinado resultado en el proceso de investigación científica respectiva sino porque es una reflexión problemática constante y continua: siempre se me exige estar pensando en lo que en cuanto sujeto de conocimiento estoy realizando: no solo si estoy aplicando las leyes o reglas respectivas del método científico sino sobre todo cómo es mi análisis epistemológico o racional de lo que estoy realizando: conocerse a sí mismo implica que debo estar actuando en todo el proceso de conocer como el filósofo griego cuando planteaba que había otro asunto más esencial o indispensable antes de iniciar cualquier proyecto de conocimiento o abordaje racional de lo real: el autoconocimiento, para cuestionar cómo estoy procediendo en cada momento concreto de la investigación científica.
En este momento hablamos de una epistemología de la complejidad porque no se trata solo de entender cómo se realiza o se debe llevar a cabo el proceso de conocimiento científico para que sea realmente un proceso de conocimiento científico y no se desvíe o se convierta en cualquier cosa, sino que más importante o esencial que este mismo punto, hay que estar vigilantes acerca de la forma como estamos procediendo como sujetos de conocimiento. La complejidad de la epistemología actual radica precisamente en este punto concreto: hay que reflexionar sobre más elementos o problemas de los que hasta ahora habíamos abordado o tenido en cuenta. Bachelard ya había intuido toda esta dimensión de la epistemología cuando hablaba de una epistemología del sujeto o de “un sicoanálisis del conocimiento objetivo”.
Aunque se acepta la necesidad de partir de este autoconocimiento indispensable para poder realmente conocer o llevar a cabo una investigación científica en toda su complejidad, actualmente es cuando más se encuentran  obstáculos para hacerlo porque se está exigiendo efectividad o eficiencia en todo proyecto de investigación que se inicie. Hay que presentar resultados lo más pronto posible o en otras palabras no se puede ejecutar sino lo que previamente ya ha sido aprobado o financiado y no se puede dedicar tiempo a “disquisiciones o elucubraciones de tipo sicológico”. Cuando se menciona el “obstáculo epistemológico” se cree que es todo lo que se refiere a la resistencia que opone lo real para ser conocido o abordado en un proceso de conocimiento. No se ve el obstáculo por el lado de la subjetividad o sea todo aquello que impide iniciar un proceso de conocimiento auténtico desde el punto de vista del sujeto, desde la inercia o resistencia inicial reconocida como pereza o hábitos que atan el proyecto de conocer o que frenan ese deseo de conocer, que lo limitan y restringen a tomar cualquier idea u opinión como explicación de lo que vemos o experimentamos directamente.
“Conocerse a sí mismo” entonces, implica empezar a reconocer toda esta madeja de obstáculos que se enredan entre sí y confunden al mismo sujeto en su proyecto de conocer.  La superación de este conjunto de obstáculos epistemológicos de carácter subjetivo no se da por sí mismo sino que hay que asumir una verdadera autocrítica o reflexión metateórica para propiciar ese estado de vigilancia racional para poder iniciar un verdadero planteamiento del problema a investigar. En lugar de salir inmediatamente hacia el objeto de conocimiento, esto es, la realidad, para intentar abordarlo o asumirlo como tal, de lo que se trata es de devolvernos a la propia subjetividad o a los procesos que se llevan a cabo en el sujeto y que  hasta ahora habían sido dejados de lado o de una vez se habían obviado y evitado porque se creía que correspondían más a una sicología que a la ciencia en cuestión en la que estuviéramos trabajando. Un físico matemático, por ejemplo, no va a plantearse problemas de esta índole, se le exige ir directamente al tema. “Vaya al grano”, se le advierte constantemente.
Ahora bien, la complejidad del conocimiento como se la acepta actualmente implica abordar todo este estrato de problemas teóricos que hasta ahora habían sido evitados. La epistemología de la complejidad implica tomar el conocimiento en toda esta problemática ampliada, abordada y reconocida como tal por los mismos científicos. (Tomemos, por ejemplo, el caso de S. Hawkins, para quien el proceso mismo de conocer era todo un proyecto complejo que implicaba a su vez cuestionamientos metateóricos y que aún desbordaba el contexto moderno y hasta el postmoderno en que se habían ubicado las ciencias físicas y naturales).
La actual era informática en la que tienen tanta vigencia las nuevas tecnologías de la información con el acceso a través de Internet a las bases de datos de toda índole ha evidenciado aún más este carácter complejo del conocimiento y de la problemática teórica en torno a él. Los conocimientos ya no se pueden tomar como meros datos reunidos en teorías cerradas o sistematizadas a partir de grandes dogmas o principios generales o universales, sino que están articulados de tal modo que sus imbricaciones son irracionales o desbordan lo que hasta ahora se venía teniendo como racional al estilo de un Kant, o un Hegel, por ejemplo. La articulación se da más bien por problemas que desbordan el sentido mismo de las teorías, es decir por algún problema metateórico que no estaba dado de antemano del tal modo que alguien pudiera predeterminar los pasos a seguir y la teoría como explicación a la que habría que llegar de manera ineludible. Como se decía desde la Historia de las Ciencias, en una ciencia nada está dado, todo hay que plantearlo. O sea, una ciencia no es un conjunto sistemático de contenidos o de conceptos ya estructurados o planteados. Una ciencia es más bien un contexto teórico y metateórico para plantear nuevos problemas. Nada está dado para ser recibido, aprendido y repetido en forma indefinida. Una formación científica es la capacidad para descubrir y sobre todo saber plantear nuevos problemas. Estas nuevas redes de la comunicación tan dominantes actualmente han permitido descubrir y hacer evidentes estas nuevas formas de acceder a los conocimientos. Estos, más que unos contenidos cerrados y sistematizados que habría que estudiar, esto es, sacar de los libros ubicados en las bibliotecas públicas o privadas, están constituidos por un conjunto de acciones en que participan y se comunican muchos sujetos de conocimiento. (Pensemos lo que representa la Wikipedia: un proyecto enciclopédico elaborado con la participación de los mismos internautas a nivel mundial).
Más que una racionalidad para estructurar los conocimientos, se impone el criterio de la comunicación, es decir, importan más las ideas cuando son comunicadas en estas redes en que participan sujetos de los que escasamente se sabe el nombre y de pronto solo una foto subida desde su oficina o lugar de trabajo que puede ser ya su misma casa. Ya no es la reflexión como pensamiento centrado en un sujeto cartesiano (cogito) sino la comunicación como tal la que se impone como garantía de verdad o de aceptación o criterio de difusión de dichas nuevas “verdades”. Estas se consideran como tales si han sido difundidas y aceptadas por muchos, ojalá  por casi todos los que puedan acceder a ellas. De ahí la importancia del famoso “me gusta” como garantía de su difusión y aceptación.
Comunicar es aquí compartir los conocimientos, (no interesa que sean muchos y no importa su validez o su verdad) extenderlos como un “reguero” para que cubran cada vez más receptores pasivos de dichos contenidos recibidos. Los conocimientos se convierten en “noticias”, datos, que deben ser entregados a los nuevos receptores o sujetos ávidos de este tipo de contenidos que siempre van a estar a la espera de lo nuevo que se esté difundiendo para irlo a consumir. Se está pretendiendo en este proceso comunicativo que dichos contenidos sean apropiados por muchos individuos en cada vez nuevas redes de sujetos internautas que se van convirtiendo en redes universales. Así se impone un nuevo sentido de verdad: lo que es aceptado por todos los que reciben estos supuestos “conocimientos verdaderos”. Ya que nadie empieza a dudar o siquiera indagar quién o cómo los han producido y solo es suficiente que venga acompañado, si es posible, de una imagen como la única garantía de su “verdad”. No hay lugar para la discusión o reflexión sobre estos contenidos recibidos. Se aceptan y listo: si se accede a ellos con solo “dar un click” ya es garantía de que ha cumplido con el objetivo de la difusión y la extensión y así vemos cómo “falsas verdades” se han convertido en todo y por todo en “verdades” que todos tienden a aceptar como tales solo por el hecho de que las han leído u obtenido en Internet y otros así lo han “confirmado”. Un enunciado se considera verdadero si es aceptado por muchos con tendencia a que sea por todos y esto es suficiente para tomarlo como verdadero. Así llegamos a la famosa “postverdad”, o sea, lo que no puede pasar por la prueba de la verdad, o su “comprobación”, pero como se ha conseguido con otro criterio, hay que aceptarla como tal. 

Ahora bien, una epistemología de la complejidad no es que tenga que partir y aceptar este estado de cosas sino que tiene que entrar a analizar y cuestionar por qué se da y cómo se produce entonces esta situación tan compleja en la que se va imponiendo un nuevo criterio de verdad y una nueva ética: la que es validada por muchos o por casi todos: como “ellos” lo dijeron y difundieron así debe ser  y así hay que aceptarlo y proceder a retransmitirlo para quedar “bien” con todos porque estos “todos” (sujetos innominados o anónimos) así lo han impuesto y difundido. Es la ley de la masa, del rebaño, como está muy bien expresado en el adagio popular: “para dónde va Vicente, para donde va la gente”.  Estamos siendo conducidos por los que manejan las redes sociales como el rebaño que va para el despeñadero. Y se llega así a decir: aquí no hay ética que valga. Lo único válido es que sea seguido por todos y basta. No hay que preguntar o plantear nada más. Aquí termina todo para este conocimiento convertido en noticia: sigamos abriendo páginas o ventanas para ver otros contenidos más “nuevos” que puedan interesarnos o emocionarnos. Ya no hay ética que valga porque ya no se está buscando quién o qué determina el procedimiento correcto en este nuevo acceso al conocimiento que se supone verdadero o que ni siquiera se cuestiona su estado o carácter de verdad. Simplemente se impone porque así lo han difundido y ha sido aceptado por todos. Se aceptan estas ideas o contenidos sin tener en cuenta una ética o  una filosofía como garantía de acceso  a lo verdadero.
El cuestionar este actual estado de cosas en el acceso a los contenidos teóricos (denominados así porque es en lo que ahora más pensamos) es una de las tareas asignada a una epistemología de la complejidad. Así como Bachelard y demás autores que participaban de sus principales planteamientos estaban cuestionando las revoluciones científicas que se dieron en el siglo XX, ahora en el contexto actual hay que cuestionar para entender, comprender y en lo posible reorientar el uso de estas redes sociales aunque sea sobre todo para el ejercicio del saber científico y la formación científica en los estudiantes que deben acceder a los conocimientos empleando esta nueva tecnología informática.  
En este contexto definamos los posibles planteamientos críticos para una epistemología de la complejidad:   No se toma ya la razón cartesiana como criterio de verdad del conocimiento ya que reconociendo las nuevas condiciones de producción de las teorías científicas ya no se puede definir su carácter de verdad por la evidencia que pudiera demostrar un sujeto por sí o en sí mismo. Ya no se pretende la demostración o convencimiento perentorio a los que pudiera llegar un sujeto por sí o en sí mismo. Se impone la necesidad de comunicar con los otros sujetos en un ejercicio de comunicación y confrontación con otros proyectos dentro del mismo contexto cultural transdisciplinar. En este sentido, de la experimentación y exposición de las teorías, resultado de dichas comprobaciones empíricas y experimentales se ha pasado a la confrontación crítica y teórica en los diversos contextos culturales. Podemos hablar entonces, de un nuevo contexto sociocultural para validar las teorías que pretenden ser definidas como verdaderas. Así las redes sociales adquieren toda su importancia en este proceso de construcción y consolidación de las teorías científicas ya que son los recursos metodológicos más apropiados y accesibles para esta tarea y de modo indirecto se estaría dándole una importancia esencial a la tecnología informática para que no se sigan reduciendo a difundir trinos en todos los ámbitos de la comunicación. De esta forma la comunicabilidad se constituye en un contexto imprescindible en todo este proyecto científico postmoderno. Este seria el criterio de la dialogicidad del pensamiento según Gadamer, que no solo se apoya en la relación de un Yo con un Tú según M. Buber, quien a su vez había influido en este punto concreto en el mismo Gadamer, sino que lo trasciende al plantear que son varios (o todos los que pudieran asumirse como Yo) los que se pueden comunicar con los otros (los Tu) en estas virtuales relaciones que se van determinando y consolidando como tales.
Una epistemología de la  complejidad tiene que empezar a constatar que no hay una “vía regia” para el conocimiento científico. Este se concibe más bien como un proyecto, un constructo en el que participan los que trabajan en él. Esto significa sobre todo que una teoría científica no es un todo dado antes de empezar a trabajar en ella como algo que recibimos para ser aplicado o enseñado o replicado en forma repetida e indefinida.  O sea, una epistemología de la complejidad tiene que empezar a cuestionar este y otros paradigmas con los que nos hemos identificado hasta ahora. Es necesario saber plantear un problema de conocimiento o de investigación y no pretender llegar a su respuesta efectiva inmediata o suponer que las teorías nos deben dar respuesta a todo nuevo problema o hipótesis que nos hagamos sobre lo real.  En este sentido, la historia de las ciencias es inexcusable en el trabajo científico actual entendido no como un simple viajar al pasado de una ciencia con un interés meramente enciclopédico sino porque para entender y sobre todo comprender el trabajo científico actual hay que saber cómo se plantearon los problemas y cómo (en qué contexto epistemológico y cultural) se construyeron sus respuestas, o sea, las teorías científicas hoy vigentes.
La dialogicidad permite entender esta comunicabilidad del proyecto científico postmoderno: es a través del carácter dialógico que vamos constatando y descubriendo actualmente como se construyen las teorías científicas. Se pueden comunicar las teorías que se van construyendo porque son discursos y así es como hay que difundirlos o hacerlos comprensibles. Cuando se elaboran informes para hacer conocer el estado de la cuestión, cuando se presenta una tesis para ser debatida por los pares en proyectos científicos, cuando se sustenta una respuesta teórica a una hipótesis que ha venido siendo investigada, etc., estamos ante la necesidad de convertir en discurso, esto es, en lenguaje para ser entendido por otros sujetos que estarían en el mismo rango de comunicabilidad, esto es, en el mismo nivel de competencia teórica para ser sujetos receptores en estos diferentes actos de comunicación teórica. La dialogicidad está implícita en estos diferentes actos de comunicación. Nos comunicamos estos diferentes contenidos discursivos para poder entendernos a través de ellos, esto es, para establecer un diálogo constante y continuo mientras dure y se vaya construyendo cada teoría científica. Pero se pueden efectuar estos diferentes momentos dialógicos por la dialogicidad que aquí estamos constatando como esencial a toda teoría científica en la postmodernidad. La epistemología de la complejidad nos permite analizar no solo cómo se da esta dialogicidad en estos diversos órdenes del saber, sino que nos permite comprender que hay investigar (descubrir, reflexionar o tomar conciencia crítica) este carácter dialógico del conocimiento. Dialogicidad no solo es poder comunicarnos en los diversos momentos de un proyecto científico sino poder descubrir que las teorías científicas en cuanto discursos lingüísticos pueden y deben ser comunicadas en esos diversos momentos de su constitución como tales: por eso es que en estos momentos en que solo estaríamos comunicándonos en tanto científicos (o sujetos participantes) en algunos de estos momentos de construcción de los saberes –por el solo hecho de comunicarlos- podemos “retomar” una determinada hipótesis y enunciarla mejor o hacerla más comprensible para que sea así entendida por sus respectivos pares científicos o receptores de las mismas. O sea, es todo un trabajo lingüístico en aras de lograr una mejor comunicación. Entonces hay que tomar conciencia crítica de este orden de la lingüisticidad como sostén de la comunicabilidad. Pero no se trata de decir que nos podemos comunicar en estos niveles de cientificidad  porque manejamos o disponemos de un determinado lenguaje (español o inglés) y que por lo tanto esto es evidente y como todos lo hacen, pues esto sería obvio, es algo que ya se da y no habría que dedicar tiempo o energía a tematizar sobre estas cuestiones lingüísticas.  Pero es que éste es el llamado “giro lingüístico” del pensamiento filosófico y epistemológico postmoderno en el que se viene trabajando desde los Círculos de Viena y Praga y que justamente la epistemología de la complejidad debe ir haciendo consciente cada vez más en nuestro contexto científico y cultural.
Pensar la lingüisticidad no solo es constatar y descubrir la importancia del lenguaje como tal en estos diversos momentos de producción y difusión de los trabajos científicos sino trabajar los conceptos articulados en cuanto elementos lingüísticos de teorías científicas, esto es, que los elementos constitutivos de las teorías se articulan, en primer lugar, como elementos de una teoría científica lingüística, esto es, producida y difundida como esencialmente lingüística. Pero no solo porque para hablar y exponer por escrito dicha teoría haya que seguir parámetros lingüísticos (que serían los mismos que cuando hablamos o escribimos en lo cotidiano,  es decir, en el discurso de la cotidianidad, cuando no estaríamos haciendo ciencia) sino porque – y aquí estaría lo esencial de este “giro lingüístico”, los enunciados, conceptos y discursos teóricos en todos sus niveles están articulados en una complejidad lingüística intrínseca que solo los “iniciados” en ella podrían dar cuenta de la misma. Ahora bien, la formación científica no es solo la sana competencia para navegar (entrar y manejar) al interior de una determinada teoría científica como constructo lingüístico sino que el nivel lingüístico nos permite iniciar y continuar dicho viaje al interior de cada teoría científica. Lo complejo de este carácter de la lingüisticidad como lo viene constatando una epistemología de la complejidad abarca o implica dos aspectos igualmente esenciales entre sí: la lingüisticidad de una teoría está constituida por la sucesividad de sus elementos lingüísticos, cuando se presentan o se disponen uno después de otro, siguiendo la sucesión temporal. (La imaginamos en forma horizontal como es la sensación cotidiana de la sucesión temporal) Este es el nivel sintagmático. Y por otra dimensión o nivel no tan evidente pero es la que sostiene nuestro saber o dominio o competencia de dicha teoría: el nivel paradigmático. Este es la memoria que en su totalidad constituye  la teoría científica en cuestión. Una teoría científica es un constructo paradigmático en el que todos sus elementos teóricos o conceptos están articulados entre sí: cada concepto remite no solo a los que lo anteceden y prosiguen en cada cadena lingüística sino que si –como decía F. de Saussure- hacemos un corte transversal constatamos la relación y articulación que cada concepto tiene no en el orden de sucesividad sino de interrelación con los que lo definen y con los que a su vez permite definir pero en un orden que ya no es temporal sino que se da en el momento actual (como cuando en un organismo cada célula forma parte de un conjunto determinado llámese órgano, tejido o sistema: la disección de un órgano determinado se haría para constatar en un análisis anatómico como funciona en sí mismo y sobre todo cómo funciona y se articula con la totalidad del organismo).
A nivel del lenguaje cotidiano cuando un sujeto habla, en el momento en que habla está eligiendo, seleccionando del sistema paradigmático de su lengua, los elementos que deben corresponder en su discurso sintagmático según lo que quiere decir o comunicar (para no “irse a contradecir” o a repetir simplemente) en lo que va hablando o escribiendo. Este saber lingüístico se ha denominado competencia pero creo que con este nombre se minimiza esta complejidad lingüística que aquí estamos analizando, ya que no sería una simple competencia (“speech act”) lo que se pretende caracterizar con esta denominación. Es más bien un saber complejo del que no somos conscientes en cuanto sujetos hablantes: el saber lingüístico (poder hablar y escribir en una determinada lengua) no solo nos capacita o mejor nos permite efectuar esos determinados actos lingüísticos en un discurso determinado sino que nos faculta para realizar todo este tipo de elecciones y selecciones paradigmáticas, que en unos sujetos que ya hayan ejecutado más esta selectividad, los escritores y aún los locutores de oficio, se hace más profesional.
La historia se constituye y se comprende desde el presente. La totalidad de lo real que es lo que constituye el presente es lo que le da sentido a todo lo que ha existido. Lo que somos actualmente permite entender lo que hemos sido y desde aquí podemos entender a su vez lo que seremos o podremos ser. Por eso, la historia de las ciencias, como se pretende hacer y escribir desde el presente, desde el estado actual de cada ciencia determinada es para comprender  cómo se han planteado los problemas en dicha tradición teórica. La epistemología compleja trata de dar cuenta de dichos procesos complejos de planteamiento de los problemas y construcción de las teorías científicas correspondientes. Es desde el momento actual de la construcción de una teoría como proyectamos una lente iluminada que nos permite entender con transparencia consciente y racional lo que ha sido el pasado de cada saber. Este es el carácter paradigmático que tiene la epistemología de la complejidad: hay que dar cuenta de este proceso de constitución de los saberes pero no yendo simplemente al pasado para hacer desde el que se considerase el hito primero u original, la reconstrucción lo más exacta posible  en la que todos los datos (fechas, personajes y acontecimientos nimios y particulares) encontrarían su lugar adecuado.
Gadamer toma los casos del juego y el diálogo para entender este análisis paradigmático: los que participan en un determinado juego pueden jugar porque siguen, aunque no las tematicen o concienticen,  unas determinadas reglas establecidas para el juego en cuestión. Los que dialogan a su vez como sujetos participantes en el diálogo lo hacen siguiendo unas ciertas prescripciones de tal modo que es el sistema de la lengua que conocen y dominan como sujetos de dicha lengua lo que les permite entrar en la cadena estructurante del diálogo pero no solo para enunciar cada discurso articulado a los que ya han pronunciado, como sujetos y a los que a su vez han escuchado y comprendido del o de los sujetos con los que hablan, sino para elegir del sistema teórico que tienen en cuanto sujetos, sean científicos o no, dependiendo de su formación teórica o del conocimiento que tuviesen sobre el tema en particular sobre el que se esté dialogando.  Es la dialogicidad, entonces, lo que permite estar efectuando en el momento presente el diálogo que se está realizando.
Otro ejemplo que se podría dar y analizar de esta totalidad paradigmática sería el de una obra musical (aunque ya un músico profesional podría explicarlo mejor a partir de su práctica): cuando se la interpreta se sigue una determinada partitura en la que están escritas las notas que debe interpretar al unísono cada voz o instrumento para efectuar dicha obra en dos dimensiones que se deben realizar a la vez: una melódica y otra armónica. (Aunque también se desarrollan otros elementos que se pueden analizar –o percibir- incluidos en los dos anteriores o separadamente, como son el timbre, el tempo, la calidad o virtuosismo de la interpretación, etc.) La armonía es la correlación que deben tener los sonidos a medida que se van produciendo con todos los demás en un todo coherente y articulado de tal modo que produzcan sonidos consonantes, “armónicos” y aquí estaría el sentido de la música: producir un resultado total al ser escuchada. Aunque esta totalidad debe estar regida por el orden temporal de la secuencialidad. Nivel paradigmático y paradójico de la música: que el todo de una obra musical no pueda independizarse del hilo longitudinal y sucesivo del orden temporal.
De la paradigmaticidad de la realidad dan cuenta los diferentes discursos sintagmáticos de cada ciencia según su objetividad. La realidad está estructurada de tal forma que los diferentes fenómenos, físicos, biológicos, ecológicos, etc., están regidos por determinadas leyes, en el caso de la física, traducibles en un lenguaje matemático. O sea, la realidad existe independientemente de que se hagan o pudieran constituirse teorías que den cuenta  o expliquen su funcionamiento. El movimiento de los cuerpos celestes se da y se ha venido dando antes o independientemente de que Einstein hubiera planteado la teoría de la relatividad. O como decía Galileo, la realidad física opera según un lenguaje matemático. Lo que permite explicar desde la caída de un cuerpo hasta el  movimiento de un astro en el espacio es un conjunto de leyes físicas expresables en lenguaje matemático.
En la realidad física actual están operando un conjunto de leyes, principios o reglas, sin los cuales dicha realidad no se daría. Es un articulado de leyes, expresables unas en un lenguaje matemático y otras en enunciados “paradigmáticos” o perentorios como tesis científicas que explicarían en su conjunto el funcionamiento del todo real. Es un verdadero ecosistema en el que todo elemento por simple que fuere cumple un papel y sentido determinado. Por eso es muy interesante que hoy en día se tienda a hablar cuando se trata de cuidar el medio ambiente o el entorno que nos rodea en términos de ecología o estudio de todo lo que constituye esta totalidad en la que todos estamos de alguna forma comprometidos.
Una epistemología de la complejidad se ubicaría o mejor se entroncaría con este enfoque de lo paradigmático: tendría que dar cuenta no solo cómo se han constituido los saberes científicos, lo que hasta aquí había intentado hacer la epistemología racional de un Bachelard o un Foucault, por ejemplo, y que fue continuado por una epistemología de corte hermenéutico, sino cómo se articulan o conforman la totalidad orgánica de las ciencias en el momento actual. Esta complejidad de la que participan todos los saberes científicos es la tarea para esclarecer por parte de este nuevo enfoque de la epistemología. Nos situamos en un contexto cultural complejo en el que todos los saberes por particulares o elementales que fueren cumplen un papel en la determinación de esta totalidad compleja.
La memoria es posibilitada por esta paradigmaticidad: lo que he sido configura y determina lo que soy en el momento presente y constituye a su vez lo que seré o lo que, mejor dicho, podré ser. En el estado actual, ahora, en el presente, han confluido todos los procesos constituyentes que se iniciaron desde un pasado y que deben seguir continuándose en un futuro, según una lógica sintagmática, según la sintagmaticidad, que definiría la sucesión de estadios en diferentes momentos a su vez presentes. Se puede hablar de una presentificación de estructuras que estarían constituyéndose desde un pasado.  Esta manera de entender lo que es la memoria insiste en tomarla no como una “rememoración” o recuerdo subjetivo que haría un sujeto racional cuando se detiene a pensar lo que ha sido su recorrido temporal como sujeto con una serie de procesos mentales, cognoscitivos, familiares o sociales que lo definirían en cuanto sujeto que es. La memoria constituye ya esta estructura paradigmática que es en cuanto sujeto. O sea la memoria no es el resultado de una operación mental llamada recordar o rememorar, sino que ya se da en el solo hecho de ser tal o cual sujeto: yo soy lo que soy porque hasta acá se ha realizado una serie compleja de procesos de los que no soy del todo consciente, pero sí puedo, si quiero, y a través de la reflexión, “hacer memoria” de algunos de ellos. No necesito para poder vivir en el presente tomar conciencia de todos los momentos del pasado, pero ya están de alguna manera presentes en el momento actual, por eso se puede decir que el “pasado ya pasó” y el futuro no existe porque aún no se ha realizado. Conocer en este nuevo contexto complejo ya no es copiar un objeto o sea, obtener una imagen verdadera del objeto que se presenta ante al sujeto. No es sacar, extraer, un concepto a partir del mismo objeto que estaría oculto en lo más íntimo de dicho objeto como su esencia. Conocer tampoco es extraer la ley que estaría detrás de muchos fenómenos similares (muchos o varios objetos) explicando su funcionamiento como hechos o eventos de la naturaleza o aún de la sociedad, como han planteado en su momento tanto el empirismo como el positivismo: a partir de la experiencia, o sea, de la relación que tendría un sujeto con un objeto en la que éste le enviaría los datos o lo que hay que conocer o captar. El sujeto solo tendría que tener sus capacidades de recepción de dichos datos reales: sus sentidos bien afinados para lograr así la percepción total de cada objeto.
Hay que superar, entonces, la concepción del conocimiento como una relación entre un sujeto y un objeto en que a través de diversos momentos se llegaría al conocimiento más completo de todos: la teoría científica como reproducción del fenómeno dado o hecho que se pretendiera conocer. Así una teoría sería verdadera si coincidiese totalmente con la realidad que pretende explicar: es la verdad como adecuación con lo real (“adaequatio res et intellectus”). El método científico estaría conformado por el conjunto de procedimientos mediante los cuales se habría comprobado la verdad de dicha teoría científica a partir de los hechos de donde se habría extraído.
También hay que superar (cuestionar y abandonar) la tesis idealista, desde Platón hasta Descartes, Kant o Hegel, según la cual la teoría científica se habría constituido a partir de una intuición o evidencia que un Sujeto trascendental o subjetividad racional habría logrado. Así, por ejemplo, según Platón un conocimiento es verdadero si se ha logrado mediante la anamnesis en el proceso lógico de recordar mediante o a partir del diálogo ascendiendo desde los objetos reales, que solo serían sombras de las ideas, hasta las ideas verdaderas, que estarían ocultas en el sujeto, solo que éste no sabía que ya las tenía porque estaba dominado por las opiniones, las doxai.
Entonces superando las concepciones empiristas, realistas, positivistas y neopositivistas, por un lado, y por el otro, las concepciones idealistas, racionalistas o subjetivistas, se entiende el conocimiento como un proceso complejo en este contexto complejo mediado por la Postmodernidad en el que hay integrar los aportes de la hermenéutica, la epistemología crítica y la historia de las ciencias y en el que se retoman además criterios dados por Heidegger, Gadamer, Vattimo, Derrida, etc., por un lado, y por el otro, Bachelard, Koyré, Foucault, etc.
En el proceso de conocer hay que integrar estos diversos aportes para poder dar cuenta de su complejidad. Conocer es ante todo comprender, o mejor, entender comprendiendo e interpretando. Esto implica que para poder explicar ya no un solo hecho o fenómeno sino un problema, hay que, en primer lugar, saberlo plantear a partir de todo lo que se pueda percibir o confrontar de lo real.  Comprender es interpretar: hay que relacionar los datos, teóricos y reales, de los que se parte, para poder ir integrando en contextos teóricos cada vez más complejos a medida que se vayan confrontando con más elementos. O sea, conocer es un proceso dialéctico, dinámico, inconcluso y sintagmático que va transcurriendo por esta complejidad que está dada por el conjunto de procesos realizados no por un solo sujeto sino por los que participan en estos diversos momentos de las investigaciones, mediante a su vez, diversos momentos de diálogo, comunicación y confrontación con los sujetos y las teorías en que se han formado y en las que participan en forma inter y transdisciplinar.
Conocer es comprender, es ir integrando interpretaciones de una forma dialógica, sintagmática, sucesiva e inconclusa, porque a partir de una teoría hay que ir construyendo otras que puedan dar mejor cuenta o explicar más coherente e integralmente el problema o los problemas de los que se ha partido.
Es en este contexto cultural hermenéutico como se va comprendiendo lo que es y como procede el conocimiento que puedo decir: “yo soy el que soy” pero con las siguientes aclaraciones: yo soy lo que podido constituir hasta este momento presente. Yo soy lo que he sido, lo que he sido constituido desde el pasado con la posibilidad de ser o seguir siendo en el futuro.
Lo anterior se entiende mejor si se integra con lo expuesto antes acerca de la memoria y su relación con la presencia: la memoria se entiende como la paradigmaticidad que ya fue y que está realizada o constituida por todos los elementos que participan o integran esta totalidad y que posibilitan la presencia como los diversos momentos actualizados de la sintagmaticidad de lo real. La presencia es la actualización de articulaciones sucesivas que ya estaban en el paradigma desde el pasado y que se van desarrollando en el suceder temporal  o sencillamente en el tiempo: este es el horizonte de las posibilidades de dichas estructuraciones.  El tiempo existe previamente a dichas actualizaciones. Estas serían actuaciones ónticas del ser según la ontología aristotélica. Según Heidegger los entes serían intentos de presentificación del Ser, el Dasein sería el más completo, porque como Ser-ahí, sería la actualización contingente y ser dado para la muerte como aclara y completa Vattimo.
Memoria se ha entendido solo como la operación racional efectuada por un sujeto cuando está recordando o lo que le permite recordar o evocar los diversos momentos de su historia personal o social. Aquí estamos entendiendo la memoria como constituida ya en el sujeto, en forma similar como cuando se habla de la memoria RAM de un computador: los procesos informáticos se realizan a partir de los datos, archivos o programas que ya tiene guardados y operando el computador y que se actualizan cuando se inicia su funcionamiento. Operar con el computador es abrir dicha memoria y proceder a relacionar los diversos datos o elementos que tiene guardados según la tarea concreta que estemos ejecutando. En forma similar como sujeto tengo guardado (memoria)  todo lo que soy, lo que me permite vivir y en el caso específico que venimos analizando, pensar, reflexionar o investigar: voy reflexionando a partir de lo que ya sé o aún de lo que no sé, pero ya he tomado conciencia de su certeza o nivel de conocimiento o desconocimiento.  Esta es la intuición detrás del aforismo conocéte a ti mismo que se mencionaba al principio de esta reflexión. Yo me conozco a mí mismo o debo partir de tomar conciencia de lo que ya sé o no sé todavía, o sea, de mi memoria: de lo que ya entiendo y comprendo y no simplemente he guardado en forma acumulativa como quien guarda chécheres en un garaje. Memoria no es entonces acumulación de todo lo que he pensado o he leído o razonado desde un pasado. Memoria es todo (o solo) lo que sé y que he ido elaborando desde ese pasado. Lo que he ido comprendiendo porque lo he ido entendiendo a partir de la presencia. Lo que soy como sujeto y lo que ya entiendo o sé como sujeto en cuanto estoy orientado o interesado en un proceso de conocimiento.
Solo puedo conocer o efectuar un nuevo conocimiento a partir de lo que ya sé, o aún no sé, pero ya lo he reconocido así, ya he hecho la catarsis intelectual y con esta relativa certeza puedo integrar más acertadamente nuevos conocimientos. Siempre estoy conociendo desde un punto de vista dado, desde una perspectiva abierta, desde el horizonte de mis nuevas posibilidades de conocer.  Me sorprende cómo Gadamer insiste tanto en este aspecto en su análisis del conocimiento hermenéutico ya que hay que interpretar para comprender siempre desde un contexto cultural determinado, o sea, desde un horizonte conceptual. (Habría que agregar  si este carácter de “horizonte” implica el concepto de la sucesividad temporal…)
En este contexto cultural hermenéutico se puede analizar lo que es el proceso de leer un texto.  Leer es actualizar un texto desde el contexto del lector. Leer es ir interpretando un texto entendiéndolo desde el presente, o sea, desde lo que yo como sujeto lector entiendo ya desde o en el presente. Hay que ir integrando lo que voy leyendo con lo que ya he leído en el mismo texto que estoy abordando y con lo que ya constituye mi saber integrado con otros elementos previos…  Voy reconstruyendo el texto conformado por todos sus elementos sintagmáticos: los diversos elementos que lo conforman (sintáctico, gramatical, léxico…) para reconstruir o integrar su estructura paradigmática que está dada por el texto en su totalidad compleja.
Es pues en el proceso de lectura como el texto se revela como tal, se reconstituye en texto como un todo articulado cuando lo voy leyendo, cuando como sujeto voy reestructurando su ser de texto, su textualidad. O sea que esta textualidad es su paradigmaticidad. Antes de iniciar su proceso de lectura solo existe como objeto al lado de otros libros o ejemplares en una biblioteca. Como lector entonces, voy produciendo el texto en cuanto texto.
Vivir, como el proceso de leer antes analizado, implica también un actualizar un conjunto de funciones corporales. Como organismo un ser vivo integra todos los órganos funcionando a la vez en un equilibrio biológico y fisiológico en el que cada órgano cumple una determinada función para el logro de lo que constituye su vida. Este funcionamiento holístico de un todo órganico como totalidad de funciones armónicamente articuladas es lo que constituye la vida como tal.
Es a partir de estas perspectivas como horizontes en que me sitúo, puedo comprender cada texto en particular en su proceso de lectura, o cada ser vivo cuando se lo está investigando. La comprensión es holística en este sentido: tiene que ir integrando en su ejecución cada elemento con los otros  elementos para llegar a entender el funcionamiento de un todo conformado con sus elementos que le dan este carácter de totalidad. No estamos analizando cada elemento por separado sino que si se efectua un análisis es para llegar a la síntesis que es aquí la comprensión inteligible de todos sus elementos conformando un todo.
Otro aforismo del pensamiento griego que tiene aplicación en la reflexión sobre la epistemología de la complejidad es “solo sé que nada sé”. Pensando en las implicaciones conceptuales del mismo tenemos que no podemos acumular, agregar o sumar unos conocimientos a los que ya tenemos guardados o memorizados como si se tratase de ir aumentando algún depósito de saberes o conceptos. No conocemos como se ha pretendido entender hasta ahora para acrecentar un bagaje de conocimientos como se ha denominado el objetivo de un proceso de aprender: se aprende para ir aumentando un saber con un carácter enciclopédico: formar sabios que sean hábiles en guardar contenidos epistémicos (fechas, teorías, autores, argumentos o contenidos de libros, fórmulas de álgebra o de física, datos históricos o geográficos, etc.)  Claro que se dirá que sin estar buscando en primer lugar memorizar, toda esta información va quedando grabada en nuestra mente y así es como se graban todos estos datos, por ejemplo, el nombre de los huesos o músculos que conforman la anatomía humana, etc. Pero aunque no se esté buscando esta memorización como el principal o único objetivo de una enseñanza tradicional, esto va quedando grabado y así podríamos recordar toda esta información.  Ahora bien, no es que se esté rechazando esta memorización como tal: los sicólogos ya estarán analizando en qué parte concretamente del cerebro se estará localizando o guardando o tal vez hasta puedan indagar acerca de los “posibles mecanismos” de esta memorización.  Cómo se graban los conocimientos y hasta cómo proceder para memorizar cada vez más o mejor.
Lo que hay que cuestionar es que una forma de educación solo procuraba esta acumulación de conocimientos como resultado de todo el proceso educativo: el maestro se limitaba a enseñar obligando al estudiante a memorizar cada vez más los contenidos que le transmitía y éste a guardar como fuera estos contenidos o teorías, ya que tendría que “rendir” acerca de los mismos en un examen o evaluación a continuación, para ver qué tanto había sido capaz de saber o guardar de lo que previamente se le había enseñado o transmitido.
Entonces, una epistemología de la complejidad que estaría orientando una pedagogía hermenéutica actual tendría que empezar a cuestionar esta forma de entender o de reducir el pensar. Nadie puede obligar a otro a pensar o a que desarrolle un proceso del que no entiende cómo se da, cómo empieza o se va desarrollando, sólo con las “correctas indicaciones” que recibiera de un sujeto llamado “maestro” o asesor.  Como se ha tratado hasta ahora, el pensar es un proceso tan complejo que no se puede pretender que lo logren todos los estudiantes a la vez en un grupo. Esto se ha pretendido obviar con la llamada enseñanza “individualizada o personalizada”, pero no se ha cambiado el esquema o paradigma pedagógico: se sigue obligando al estudiante (ya a uno solo o a un grupo pequeño) a pensar en la misma forma y al mismo ritmo como lo exige el maestro en cuestión. Entonces de lo que se trata en definitiva es proceder de otra forma: de la forma como hay que hacerlo: no partir de la “mente en blanco”, no pretender partir de cero para ir llenando el pensamiento de nuevos datos o conceptos cada vez. Como se dice habitualmente: “aquí estamos en clase de física, necesito que dejen atrás, -así sin más ni más- todos los conocimientos previos que tengan hasta ahora” –como si el asunto fuera decirlo así no más. No, hay que trabajar esto en diálogo con los estudiantes. La pedagogía hermenéutica nos orienta de esta forma en este proceder pedagógico: hasta ahora yo creía saber, pero estas creencias son solo percepciones sensibles o del sentido común: es lo que todo el mundo opina o repite (y ahora alimentan las redes sociales). No las había intentado cuestionar porque las tomaba como las únicas verdaderas o  solo verdaderas para mí mismo. Cuando empiezo a confrontarlas con otros conceptos que ya tenía y, lo más importante para una propuesta hermenéutica, con los que otros sujetos, con los que yo pueda dialogar, tengan y a la vez hayan expresado y las haya yo podido entender en un diálogo constante y secuencial, entonces puedo empezar a comprender, lo que incluye a su vez el argumentar y el entender como procesos que se van logrando en el proceso de conocimiento hermenéutico.  







martes, 19 de agosto de 2008

bedma

bedma

domingo, 22 de julio de 2007

LA EDUCACION: BASE PARA LA CONSTRUCCION DE UN NUEVO PAIS

Cuando se analiza la educación en relación con la propuesta de construcción de un nuevo país, lo primero o lo más evidente que se constata es que hay que reestructurar todo el sistema educativo para que dicha articulación se dé en la forma más armónica posible.

En la década de los setentas, cuando imperaba el modelo economicista o se enfatizaba la economía de la educación en el diagnóstico de los problemas del sector, se insistía en el tema de la educación como base y eje del desarrollo económico y de la modernización ineludible de la sociedad desde estructuras de un evidente atraso hacia formas más avanzadas de desarrollo capitalista del que el país del norte aparecía como el modelo de crecimiento y meta de dicho desarrollo. El enfoque economicista vigente en ese momento pretendía que sólo con la inversión que se hiciera en el sector educativo se iría a tener la sociedad moderna, abierta al anhelado progreso y dispuesta a abandonar aquellas estructuras arcaicas -cerradas o feudales- de atraso que impedían el paso a la prosperidad y a la modernización (=implantación del modelo capitalista, ahora se diría del neocapitalismo o globalización de la economía).

Era necesario y suficiente comprometer porcentajes cada vez más altos de la inversión económica del país obtenidos a un alto costo impuesto por las agencias internacionales de crédito -las que insistían o condicionaban dichos empréstitos a la inversión determinada en educación según planes o proyectos que directamente controlaban y vigilaban- en la modernización de la educación = ampliación de la cobertura educativa, creación de más escuelas en las principales “cabeceras municipales”, aumento = mejoramiento en la dotación de las que ya existían, lo que debería reflejarse en un mejoramiento del mismo sistema educativo -aún no se hablaba de calidad educativa-. Es decir, se tenía la firme convicción de que lo único que se necesitaba era disponer de mayores recursos (=mayor inversión económica) para resolver todos los problemas que en las investigaciones socioeducativas y macroeconómicas se estaban evidenciando en el mismo sector educativo.
La inversión económica era la panacea en la que gobiernos y líderes políticos y administrativos veían la solución que venía de afuera para el problema de la articulación educación y sociedad. En este contexto economicista se explican las consecuencias que se siguieron y que ahora precisamente estamos evidenciando como efectos negativos y por qué no decirlo, nefastos para la educación en Colombia.
En el campo más específico de la reflexión pedagógica que estamos realizando actualmente, interpretamos que es en dicho contexto en el que hay que ubicarnos para entender el auge que tuvieron las llamadas ciencias de la educación para abordar la problemática compleja de la educación. Obviamente la más destacada -“investigada” y recurrida- era la economía de la educación y detrás de ella, la sociología de la educación y la administración educativa. O sea que detrás de los planes de inversión económica venía el discurso para “ayudar” a entender -para racionalizar y justificar- este “cambio”, ahora sí definitivo que se estaba imponiendo en la educación.
A medida que una de aquellas ciencias de la educación, la tecnología educativa fue revelando su ineficacia como respuesta a esa necesidad de mejoramiento de la educación como se lo pretendía imponer y justificar, fue apareciendo y haciéndose evidente otro carácter -o “problema” lo llamaban los que detentaban o defendían esta concepción macroeconómica y tecnocrática de la educación-: LA CRISIS DE LA EDUCACION. Fue constatándose que todo ese aparataje era insuficiente o peor aún que no apuntaba a lo que se pretendía realizar en la educación. El sistema educativo fue evidenciando esta crisis de la que se han investigado sus más variadas “posibles causas” -o “variables” económicas que van dejando paso a las socioeconómicas y administrativas y últimamente, a las sicológicas y sicopedagógicas-
La crisis de la educación actual es la constatación de la ineficacia del paradigma en que se apoyaba el anterior enfoque economicista y sociologizante de la educación: el positivismo. Es interesante constatar que hay un consenso racional con respecto a la crisis de la educación. Hay una toma de conciencia de que la educación está en crisis -de que algo anda mal o que se debe cambiar o que hay que adoptar una actitud de cambio o que hay que dejar y abandonar prácticas rutinarias, inveteradas y que se consideraban incuestionables hasta ahora o que no se puede seguir haciendo lo mismo siempre, año tras año, que hay que innovar. Se constata además una “voluntad de crisis”, es decir, una intención más o menos latente de que todos somos de alguna manera responsables de tal estado de crisis y que tenemos que “ayudar” a salir de ella.
En otras palabras, estamos asistiendo a un cambio de paradigma en el tratamiento de la crisis de la educación. Ya no se cree que todo se resuelva aumentando o yendo a contratar nuevos préstamos para la educación sino asumiendo o enfrentando la educación en sí misma: cuestionando los métodos que se han seguido hasta ahora en su pretendida investigación, se han ido aplicando otros procedimientos u otros abordajes descriptivos, históricos y explicativos, cuestionando el mismo paradigma y la concepción filosófica y epistemológica en la que se sustentaban los anteriores procedimientos de corte exclusivamente estadístico-descriptivo, recurriendo a modelos cada vez más diferentes y aún contrapuestos a aquel inicial macroeconómico y tecnocrático, aplicando las cada vez más novedosas estrategias y tecnologías de punta, como son la informática, la telemática, y lo más decisivo en este momento: entendiendo más críticamente [1] la problemática compleja de la educación. Pero entendiéndola a partir o desde ella misma: se trata de conocer todo lo que está implicado en el mismo proceso educativo. Se descubre que aquella complejidad no se había abordado, que siempre se había dejado de lado. Aún la misma sicología del aprendizaje, que podría decirse sí iba al centro o al núcleo mismo del proceso pedagógico, ésto es, supuestamente al aprendizaje, no afrontaba la esencia misma del problema ya que paradójicamente se quedaba en lo que se podía observar de dicho proceso. Según el conductismo, implicado acá, apoyado a su vez en aquel paradigma positivista, sólo se podía observar, controlar (=medir, =“investigar”) lo observable del aprendizaje, es decir, la conducta observable, desde la atención que prestase el alumno hasta el rendimiento evaluado (=medido) como un dato observable. O sea que la misma “sicología del aprendizaje” sólo tomaba el proceso desde fuera ni siquiera como proceso sino sólo desde sus resultados, desde los datos que pudieran ser medibles. No podía explicar de dónde o cómo se habrían producido estos resultados o esos datos. De ahí que el principal o el único instrumento para abordar el aprendizaje fuera el estadístico: desde los tests hasta todo el instrumental operativo de observación, control y procesamiento de dicha “información”.
Entiendo que el cambio que ahora se está exigiendo en la educación -no sólo por parte de los actuales administradores y directivas sino sobre todo por parte de todos los sujetos participantes en el proceso educativo- es una ruptura, crítica y epistemológica, con respecto a la anterior forma institucionalizada de asumir o concebir la educación. Se va entendiendo realmente qué implica educar, aprender. Se va comprendiendo realmente el proceso pedagógico en su interioridad. Es una toma de conciencia crítica con respecto a la educación y es una reivindicación de lo que siempre se había dejado de investigar y da afrontar: el proceso pedagógico mismo. O sea, asistimos a una reivindicación de la pedagogía como crítica efectuada por los mismos sujetos participantes en el proceso pedagógico.


[1] no dejándole esta intencionalidad o “voluntad de comprensión y de racionalidad” , diría yo, a los que siempre han sido considerados los famosos expertos, técnicos o especialistas de la educación, enviados o encargados desde el Ministerio de Educación Nacional.

viernes, 20 de julio de 2007

Justificación y sustentación del empleo del blog como medio tecnológico para comunicar y transmitir reflexiones

Considero que no se ha empleado o utilizado como se debiera el recurso que, como educadores, nos permite Internet para comunicar textos y reflexiones, o en otras palabras, no hemos sabido emplear como se debiera este maravilloso recurso tecnológico con fines pedagógicos o formativos.
Lo que pretendo inicialmente al recurrir al medio del blog es mostrar o probar que este sencillo pero prodigioso recurso puede ser empleado por un docente o incluso un estudiante, sin tener una -como se dice ahora- competencia explícita en informática o programación y solo como una actividad lúdica, a modo de entretenimiento.
Es cierto que lo podemos emplear en una forma más elaborada o técnica como se puede comprobar en algunos blogs dedicados a la educación y a la pedagogía como en el titulado "La educación en Hispanoamérica" el cual tiene un diseño muy original e incluye unos links muy interesantes y llamativos. Lo que hay que saber aprovechar para nuestra causa pedagógica y/o formativa es que -como se puede hacer con otras herramientas igualmente maravillosas pero mucho más poderosas o eficientes- permite la comunicación en línea y controlada con varios sujetos y poder interactuaar o recibir a su vez de estos mismos, resultados de tal comunicación.
En mi opinión, a diferencia del correo electrónico, en el blog se puede o, mejor, se debe disponer de textos más elaborados para compartir o presentar inicialmente a sus potenciales receptores. Esta especificidad del blog, de entrada, propicia y promueve la producción textual y por supuesto, la lectura, la investigación y sobre todo, como lo enfatizo en mis escritos, la reflexión sobre el tema que se está tratando.

martes, 17 de julio de 2007

SINTESIS CURRICULAR

LICENCIADO EN FILOSOFIA Y LETRAS (Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín)

MAGISTER EN INVESTIGACION SOCIOEDUCATIVA (Universidad de Antioquia, Medellín)

PROFESOR TITULAR EN LA FACULTAD DE EDUCACION (Universidad de Antioquia, Medellín)

Participación como ponente en el Encuentro de Facultades de Educación en Bogotá y en el CINDE en Manizales.

TEXTOS PUBLICADOS

"El saber pedagógico y las condiciones de enseñanza de las ciencias" en Acevedo, J. y otros. Cuatro ensayos sobre pedagogía y saber. Medellín, Lealon, 1986

Investigación en educación. Módulo de Educación a Distancia. U. de Antioquia, 1980

"Comenio. Pampedia" (Reseña crítica) Educación y pedagogía. (1992/93) Medellín, Facultad de Educación, U. de A. 8/9: 294-296

“La reflexión epistemológica con respecto a la pedagogía” Cuadernos Pedagógicos. (2003) Medellín, Facultad de Educación, U. de A. 23: 25-33

Epistemología y pedagogía. 6a. ed., Bogotá, Ecoe, 2005

Pedagogía: ¿Enseñar a pensar? 4a. ed., Bogotá, Ecoe, 2003

“Entre Silva y Rousseau” Letralia (Revista Digital) Edición 145, 17/7/2006
http://www.letralia.com/145

“Del libro como obra de arte” Letralia (Revista Digital) Edición 145, 17/7/2006
http://www.letralia.com/145

“De la poesía” Letralia (Revista Digital) Edición 149, 18/9/2006
http://www.letralia.com/149

“Cómo se produce el texto literario?” Letralia (Revista Digital) Edición 165
http://www.letralia.com/165


PEDAGOGÍA: ¿UN DISCURSO O UN COMPROMISO?

1. La pedagogía: nuestro compromiso

Orientar nuestra reflexión en el contexto de la pedagogía significa poder identificar en todo proceso educativo lo que es fundamental: el concepto de formación. Por eso tenemos que pensar cómo entendemos tal concepto, qué implica para nosotros en este momento: si es el mismo concepto clásico que desde la Ilustración se viene trabajando en una relación muy estrecha con la filosofía, pues sabemos que desde la filosofía de la subjetividad, desde la filosofía de la conciencia, se definió lo que en la Modernidad se va a entender por tal concepto.
Hay que pensar cómo se lo reconceptualiza actualmente: hay que reivindicar su historicidad, en el sentido de identificar cómo ha surgido y se ha ido constituyendo en el espacio epistémico del saber pedagógico. Plantear actualmente dicho concepto implica restablecer el contexto en que se lo ha pensado desde la Ilustración. Implica movernos en esta tradición en que se lo ha ido planteando y definiendo: reconocer que tiene un pasado que sería indispensable investigar para contextualizar el problema al que estaba dando respuesta: por qué justo en dicho momento se piensa al hombre como el sujeto que debe formarse (en el sentido de que él mismo debe formar-se, y no tanto, ser formado) -como es propuesto, por ejemplo, por Rousseau- no como asunto o tarea de otro sujeto, del otro, sino como proyecto coincidente con la misma definición de su subjetividad: se descubre y actúa como y en tanto sujeto. Este es el contexto esencial en que hay que pensar el concepto de formación: en el contexto de afirmación y constitución del sujeto en cuanto sujeto, como proceso de autodeterminación racional en libertad, en el cual, el sujeto se piensa en tanto sujeto consciente de tal modo que solo en la medida en que piensa, primero: cómo piensa y actúa (Descartes) y, segundo: qué piensa y por qué actúa como sujeto (Kant) se constituye en tal. Es decir, pensar el concepto de formación debe ser una de las intenciones que orienten la reflexión emprendida desde la filosofía con respecto a la pedagogía.
Esta reflexión metapedagógica se constituye cuando la pedagogía se piensa a sí misma desde ella misma con el apoyo de la filosofía, cuando ejerce la autocrítica, cuando desde los criterios de rigurosidad de la pedagogía, ésta toma conciencia de sus propios problemas y sobre la forma de trabajarlos. La pedagogía tiene que volverse sobre sí misma desde ella misma para evaluarse e identificar cómo está realizando el proyecto del deber ser: cómo se está dando el paso del deber ser al ser, de los proyectos a la realidad. Ahora bien, se podrá hacer esta "toma de conciencia" sólo desde la pedagogía misma? ¿Cuando se la asume en esta forma no se estará intentando hacer una reflexión que va más allá -o más acá- de ella misma, es decir, de la pedagogía? No estaremos situándonos ya en el ámbito de la filosofía, de la filosofía de la educación o en el la epistemología de la pedagogía que es el contexto en que se puede preguntar no sólo sobre su cientificidad sino sobre el carácter de su intencionalidad en tanto confronta la formación como proyecto ético autoafirmante de la persona y como proyecto cognitivo, teniendo en cuenta que éste debe orientarse a su vez hacia la autoconciencia en el sentido de que el sujeto se conozca a sí mismo en su propio proceso formativo (hacia la autodeterminación racional). De ahí la actualidad para la pedagogía hoy del enunciado conócete a tí mismo que cita Comenio en el primer capítulo de la Didáctica Magna. Esto fue elaborado más sistemáticamente por Herbart al enfatizar que el mismo sujeto sabe que está educado cuando puede decidir por sí mismo en el momento en que se le exige actuar autónomamente y no conducido o dependiendo de otro.

2. Enseñar a pensar

¿Promueve el pensar la forma de enseñar que se tiene actualmente, que se aplica como la más apropiada en este momento? Paradójicamente se enseña no para pensar, para ayudar a pensar, sino para evitar pensar, sólo para recibir informaciones, para recoger datos o conocimientos elaborados por otros, sin exigir, para que se dé esta recepción, el esfuerzo de pensar-los, de reflexionar-los (en el sentido de volver sobre ellos para examinar su contenido o estructura, o de volver sobre sí mismo para analizar qué es lo que está haciendo el alumno o cómo está procediendo al actuar como discente: para advertir si está pensando o no, o si se le exige algún proceso racional o si por el contrario, se le continúa negando el ejercicio de tal capacidad como se ha venido haciendo a través de todo el sistema educativo).
Se enseña de tal modo que se evita que el estudiante piense o que para actuar como tal, lo tenga que hacer lo más mínimo posible porque se trata de facilitarle las cosas, de ayudarle, de resolverle cualquier duda o dificultad que se le pueda presentar. Enseñar en este caso es facilitar, hacer fácil lo que para el docente tal vez haya sido difícil (preparar la clase o calificarse para poder enseñar o informarse sobre la forma actual o más eficaz para estar en disposición de hacerlo).
Enseñar está entonces enfrentado al pensar ya que no se realiza tal como a veces se lo enuncia: enseñar a pensar. Pero ésto no se debe a la mala voluntad del sujeto que enseña, o solo a que no posee una voluntad de pensar: puede de hecho ser consciente de la importancia, sobre todo actualmente, de enseñar promoviendo la mayoría de edad, propiciando la actitud crítica y activa más que la receptividad pasiva frente al saber enseñado, pero -como algunos lo comentan- cuando tratan de orientar su enseñanza siguiendo esta convicción epistemológica constatan que sus alumnos no han sido formados previamente en el pensar o no han llevado a cabo los procesos racionales desde los más elementales hasta los más complejos como debiera corresponder según su desarrollo físico y sicológico. Es decir, los obstáculos para orientar la enseñanza hacia el pensar no dependen sólo de los sujetos -docentes/alumnos- sino de unas condiciones estructurales, de un condicionamiento previo o que se va imponiendo al sujeto a medida que va pasando por el sistema educativo y que ahora estamos evidenciando sobre todo en sus resultados negativos cuando -solo con contadas y valiosas excepciones- nos hallamos ante un estudiante acrítico, con un grado más o menos alto de aversión ante todo lo que implique saber, apático frente a su proceso de formación, indiferente a las manifestaciones culturales, desinteresado porque no manifiesta algún interés real ante el contenido o la forma en que le enseñan, sin un compromiso definido por un área concreta del conocimiento, como sería lo esperado, luego de haber llegado a la universidad.
El condicionamiento de esta situación que se pretende enfrentar hoy está dado por la forma invetereda de enseñar -de pretender formar- basado en el modelo transmisionista cientificista que había operado siempre como un impensado, como la forma natural, la más natural o la única conocida como marco de referencia, la única y por lo tanto la más lógica, aplicable y funcional, porque ¿acaso me ha dicho alguien que existe otra manera más adecuada de hacerlo, que seguir el mismo procedimiento incuestionado, comprobado por los diversos maestros que he tenido?, diría el docente a quien eventualmente preguntáramos sobre la validez de su modo de proceder cuando enseña. Hay entonces, un obstáculo epistemológico institucional que frena, limita, condiciona el proceso de pensar, que actúa contradictoriamente en el proceso pedagógico porque éste debiera promover básica y fundamentalmente el pensamiento, debiera estar definido y organizado desde y para el conocimiento.6 (Este sería el sentido de la propuesta de Comenio: enseñar todo a todos totalmente: permitir que en la Modernidad en la que ya estamos, diría Comenio, habiendo abandonado ya cualquier traba o impedimento para llegar al conocimiento, esto es, la Escolástica -memorística, verbalista y autoritaria-, cualquier sujeto puede acceder al conocimiento vigente en ese momento, que como era aún limitado, podía ser enseñado exhaustivamente. Es un optimismo en el proceso de conocimiento como primera apertura epistemológica en la Modernidad, luego de la crisis del paradigma hasta ese momento vigente y nunca antes cuestionado.)
No podemos considerar que esto está ya resuelto o por lo menos abordado completamente por la sicología cognitiva o por el constructivismo, es decir, hay que mirar el problema pedagógico desde el sujeto discente, desde el sujeto que está en un proceso de formación -como sujeto que tiende a una mayoría de edad ética y epistemológica-, sin embargo nos hemos limitado al enfoque cognitivo o sicogenético o constructivista, solamente: el proceso de formación no se reduce al desarrollo (evolutivo, cognitivo o intelectual). Hay que reconocer que son valiosos los aportes desde este enfoque sicológico pero son insuficientes mirados desde el proyecto pedagógico: la interdisciplinariedad no nos debe llevar a enunciar que, debido a los grandes aportes desde las teorías cognitivas y constructivistas, el problema de la formación -como lo venía trabajando la pedagogía desde Pestalozzi y Herbart- ya está definitiva y científicamente resuelto, que ya está suficientemente entendido o explicado cómo conoce el hombre -en sus diversas etapas de desarrollo, en sus momentos o niveles de evolución cognitiva-. Debemos más bien, ante la complejidad del proceso -comprobación de la cual se viene haciendo desde este enfoque constructivista precisamente- cuestionar el enfoque pretendidamente exhaustivo que se hace desde la llamada corriente constructivista negando todo, o mejor, no reconociendo todo lo que se viene discutiendo y trabajando desde la pedagogía a partir del setenta para acá.
En el diálogo interdisciplinario entre pedagogía y ciencias cognitivas en torno a lo fundamental, éstas últimas o en términos más concretos, los representantes de éstas últimas, deben propiciar la discusión aceptando que es el saber pedagógico el eje directriz, el que debe fundamentar el análisis del proceso, sin empezar señalando que ven el diálogo difícil o hasta imposible porque, de entrada, no aceptan ningún doblegamiento. Aducen que es mucho más lo que estas disciplinas han aportado a la pedagogía y no al contrario y que sobre ésto no admitirían ninguna concesión.
Es cierto que a partir del constructivismo y antes, a partir de la sicología genética -como lo exponía Piaget en Psicología y Pedagogía- hay unos aportes importantes en la investigación cualitativa y cuantitativa acerca de los procesos cognitivos, la descripción del proceso de aprendizaje como proyecto constructivo y reconstructivo del sujeto de su propio conocimiento, lo mismo que la comprobación de que la inteligencia más que un estado o una potencia como se decía en la tradición clásica, es un proceso o más concretamente está en una estructuración incesante y compleja desde la más temprana edad. Pero también hay que reconocer que fue a partir de la práctica de enseñanza -como lo reconoce el mismo Piaget- como se hicieron patentes los principales temas de discusión -a partir del sujeto que aprende sobre todo- que la investigación descriptiva y experimental iría más adelante a trabajar en el campo de la sicología genética y cognitiva. De esta forma se descubrieron los principales problemas, objeto de estudio para la sicología, pero el aporte de la práctica educativa no es sólo -como puede imaginarse- desde el punto de vista de las carencias o los fracasos que desde la pedagogía no se pudiesen abordar, sino desde la perspectiva de la interdisciplinariedad que ésta siempre ha orientado y animado, desde el mismo surgimiento del saber pedagógico en Comenio. Con Herbart quedó definido teóricamente cuál podría ser este campo compartido entre la pedagogía y las ciencias de la educación en una relación no conflictiva, sino de mutuo acuerdo, considerando que la sicología se dedicara a trabajar todo lo referente a los medios, el método para llevar a cabo el proceso de instrucción, y las demás ciencias de la educación a abordar los demás condicionamientos de este último, pero la pedagogía tendría la comprensión integral de todo el proceso de formación, esto es, la educación, por eso, sin renunciar a su autonomía que según Herbart era lo que la pedagogía había logrado en ese momento, debía plantear desde la ética cuáles serían los fines que la definirían esencialmente.
Aquellos problemas que darían pie al tratamiento interdisciplinario ya se venían asumiendo desde la enseñanza en forma práctica y en la reflexión pedagógica en forma teórica, originándose los primeros planteamientos sobre el proceso de conocimiento pero sin referirlos ya a un sujeto trascendental como puede verse en el discurso filosófico de la teoría del conocimiento. O sea, que son más los aportes que recibe la sicología genética y cognitiva para su trabajo sobre el conocimiento en y a partir del sujeto que conoce y aprende y no al contrario. No se trata de decir tan sólo que fue en el contexto de la educación donde primero se abordaron estos problemas porque no se está discutiendo sólo sobre la prioridad histórica en el abordaje de estos temas, sino de entender cuál es la orientación y el sentido que debe tenerse de todos estos estudios sobre el conocimiento desarrollados a partir sobre todo del sujeto en su proceso de constitución. Es la pedagogía la que nos permite tener o llegar a la comprensión de estas investigaciones desarrolladas según el paradigma sicológico, de lo contrario, nos reduciríamos a una mirada clínica, casuística y tecnológica del proceso tal como ha venido ocurriendo con la corriente constructivista en educación.
Esto corresponde a la actitud que tiene el mismo docente frente al proceso: considera que todo se resuelve en educación si cuenta con un instrumento que le resuelva todos los problemas que se le presentan en el aula: por eso a él le sirven más una tecnología, unos criterios de acción que el constructivismo le entrega -o a los que reduce a su vez el único aporte que éste haría en este momento a la educación- y que pueden ser llevados y aplicados inmediatamente y sin más discusión en el aula, que la pedagogía que, bien entendida, le exige perentoriamente que antes de cualquier asunto práctico tome conciencia de lo que está haciendo como sujeto que enseña.
Esta reflexión, esta toma de conciencia es la que se ve siempre postergada ante la necesidad de resolver un asunto práctico de la cotidianidad rutinaria del aula. El docente considera que es más urgente hacer cosas, actuar en un sentido técnico, aplicar los modelos más novedosos posibles que se le entregan, que detenerse a pensar por qué lo está haciendo o cómo los está aplicando.
No habría tiempo para ésto, o cree que ésto ya fue resuelto por quienes elaboraron el instrumento o el modelo que ya está aplicando. En este escenario propiciado por las ciencias de la educación -sobre todo por la sicología del aprendizaje en su variante cognitiva y la tecnología educativa- no aparece la pedagogía o ésta se ha reducido a un mero saber instrumental. Hay que reivindicar, entonces, el espacio que debe ocupar la pedagogía en la formación del educador: éste no puede seguir siendo sólo capacitado para dictar bien una clase empleando supuestamente todos los recursos didácticos y tecnológicos que están disponibles en el mercado tecnocrático e informático.
Hay que reivindicar la urgencia de la reflexión pedagógica, del saber pedagógico (pero no entendido éste sólo como una metodología, o como el modelo que ahora viene a reemplazar a la tecnología conductista, porque se estaría así nuevamente reduciendo la pedagogía a otro modelo, este sí más novedoso o reciente como sería el constructivismo, entonces, no se vería más allá de éste, porque hay que estar en la moda: hablar y actuar como lo prescribe esta corriente: actitud que muestra la nueva confusión que se está dando: el constructivismo -tomado así como un gran movimiento o paradigma- reemplaza ahora a la pedagogía o se asume -se lo trabaja y aplica- como si fuera la pedagogía, como si fuera el único saber que un docente actualizado y deseoso de cambiar debe tener.
La pedagogía, entendida ante todo como la reflexión crítica sobre la educación, como la teoría de la educación -no reducida ésta a la instrucción, o a una capacitación profesional, o a una información apresurada como se está pidiendo hoy en día- implica o exige urgente y previamente a cualquier otra decisión, cuestionar y denunciar las formas de enseñar -o los procedimientos a que se ha reducido la enseñanza, sobre todo recientemente o que todavía se siguen ejerciendo aún en la universidad- que condicionan y reducen al estudiante a proceder como un parásito del saber y de la institución -incluyendo en ésta al docente-. Desde la pedagogía entendida de esta manera se constata que la forma actual de enseñar no promueve por sí misma el pensar, está en contravía del pensar, porque justamente, desde las primeras etapas del sistema educativo, se ha ido neutralizando, postergando, la necesidad de pensar.
Al estudiante -aún en la universidad o evidenciado precisamente en la universidad- se le ha ido reprimiendo -controlando y no permitiendo que se desarrolle- la necesidad y el deseo de pensar que desde niño había mostrado con su curiosidad y afán de preguntarlo todo. El estudiante sigue llegando con su capacidad de asombro, imaginación y fantasía distorsionada, reprimida y reemplazada por una cantidad confusa de saberes específicos recibidos solo como informaciones que no logra articular comprensivamente. Hay que asumir entonces, una crítica con respecto a la manera de enseñar con la que se sigue supuestamente aún educando o tal vez sólo condicionando al estudiante: no se puede seguir repitiendo y replicando y de esta forma seguir validando un modelo que ya ha evidenciado su invalidez y no confiabilidad en el proceso de educación, entendido ante todo como un proceso de formación, confrontado ahora interdisciplinariamente.


3. La clase


Desde la pedagogía hay que pensar el sentido actual de la clase, es decir, hay que pensar el devenir histórico de la clase como evento pedagógico. Se podrían hacer las siguientes preguntas al respecto:
¿Cómo se ha procedido en la clase (en cuanto evento pedagógico instituido en la Modernidad cuando va constituyéndose justamente el saber pedagógico)?
¿Cómo se ha ido organizando este espacio para que funcione como se piensa que debe funcionar?
¿Qué hace o pretende hacer quien enseña en una clase? (Pero hay que tener en cuenta que no sólo al sujeto maestro se le han prescrito unas funciones basadas en un criterio (¿complejo?) de autoridad sino que al sujeto alumno también -y sobre todo a éste último- se le han fijado unas tareas u obligaciones indispensables para que una clase pueda funcionar como tal).
¿Con qué actitud van o deben ir los alumnos a una clase?
¿Cómo describir el aula como espacio en que debe efectuarse la clase? (¿Qué ambiente debe tener, en el colegio o en la universidad?)

Considero que el sentido actual de la reunión periódica en un aula para efectuar (para tener) la clase está fundamentada y posibilitada por la dialogicidad esencial del proceso pedagógico. De ahí el que se deba propiciar en todo momento la discusión, el preguntar por parte de los estudiantes: esta es la manera de involucrarlos en la clase, en la reflexión y en la argumentación que ésta debe hacer posible en forma permanente. Debemos presentarles una exposición racional con buenos argumentos (o con los mejores posibles), dignos de credibilidad, no tanto para que nos crea, como para formar su espíritu crítico y de investigación, y así puedan ser un auditorio racional para que nos entiendan y no sólo para que nos sigan servilmente.
¿Cómo propiciar desde la clase la formación de un estudiante crítico, primero de sí mismo y por lo tanto de los contenidos disciplinares del curso y del proceder mismo del docente?

4. El maestro hoy

En un momento de crisis -pérdida de credibilidad o de eficacia o factibilidad- de un modelo de maestro, necesariamente hay que pensar en otro nuevo: ¿qué nuevas características debe éste llenar?
Podemos preguntarnos, primero, cuáles son aquellas que ya han claudicado o, algunos dirán, ya no sirven para el momento actual.

En segundo lugar, podemos plantearnos las siguientes cuestiones sobre este tema:
¿Qué clase de maestro estamos formando?
¿Se puede apoyar en una fundamentación pedagógica la formación del maestro hoy?
¿Cómo orientar la formación del futuro pedagogo?
¿Podrá el maestro, apoyado en esta formación, actuar en su práctica pedagógica científicamente, es decir, proceder adecuadamente según una convicción pedagógica?
¿Cómo se define actualmente dicha convicción pedagógica?
¿Cómo articular la fundamentación pedagógica con una orientación práctica?
¿Cómo se asegura que los educadores que se forman sean realmente pedagogos y no sólo especialistas en tal o cual rama de la sicología o de un saber profesional específico?
¿Cada curso debiera tener un contenido pedagógico explícito o cómo articularlo con la fundamentación pedagógica general ?

¿Qué saber se le debe exigir al maestro? (¿Qué debe saber, ante todo, sin que se tenga que afirmar que más que poseer o dominar un saber o ciencia específicos, debe apropiarse creativa y productivamente de los mismos?)
El maestro debe saber enseñar. Pero hay que preguntarnos: ¿qué es enseñar hoy? qué implica enseñar? Ya es obvio decir que enseñar no es solo transmitir o traducir un saber científico para que sea entendido o captado por el estudiante.
No basta saber la disciplina para poder enseñar.
Enseñar debe motivar la reflexión crítica, incluso divergente al planteamiento del maestro. Este es el "que hace comprender" y con respecto al "estudiante que ya ha comprendido será aquel que hace comprender mejor". No es el que simplemente acude a "la facilidad del empirismo de la comprobación" sino el que busca la "dificultad pedagógica de la construcción racional" (Cf. Bachelard. Racionalismo aplicado, p.26)

Enseñar para el maestro hoy significa propiciar procesos de aprendizaje, de conocimiento, de formación, de personalización, de desarrollo autónomo de un proyecto de vida. Permitir y propiciar que el alumno logre con su bagaje -con lo que cuenta cuando empieza o continúa su proceso formativo- autonomía en su proceso de conocimiento, que pueda llegar a pensar autónoma o independientemente, sin el apoyo constante o inevitable del docente o de un sistema institucional -manual, clase, notas, examen-.
Enseñar implica hoy para el maestro propiciar los siguientes cambios ineludibles:
• el cambio de la obsesión de la nota por la obsesión dedicada hacia el conocimiento,
• el cambio del examen como control y única forma de evaluación de los logros en el proceso pedagógico por una autoevaluación constante en el proceso, según el sentido del conócete a tí mismo,
• el cambio de la recepción pasiva e indiferente de saberes por una reflexión crítica que permita identificar y replantear los problemas más que las respuestas dadas.

El maestro hoy debe fundamentar en el saber pedagógico su proceso de enseñar. El saber pedagógico es trabajado en forma reconstructiva, crítica y epistemológica, tomándolo en permanente reelaboración, exigiendo la reivindicación de su historicidad.
La idiosincrasia y especificidad del proceso pedagógico configura y determina las dimensiones de la participación del maestro . Estas no están definidas por el saber propio de cada programa. En cuanto a la toma de decisiones -en las fases del proceso de enseñanza: planeación, ejecución y evaluación- tiene que apoyarse en el saber pedagógico teniendo en cuenta sus relaciones interdisciplinares. O sea, el enseñar en cuanto proceso requiere unos conocimientos y una formación teórica que no se agotan en el dominio de un saber específico: no es suficiente el dominio y/o erudición sobre el saber enseñar. Se ha supuesto que esta formación teórica pedagógica estaba implícita en la enseñanza de tal o cual disciplina y que no había necesidad de tematizarla. Ahora vemos que cuando reflexionamos sobre las calidades exigidas al maestro es ineludible pensar en qué consiste dicha formación y cómo debe ser investigada.
¿Cómo es pensado el maestro en el saber pedagógico que empieza justamente a ser constituido en los inicios de la modernidad en el siglo XVII? (Podemos enunciar algunos de los planteamientos -objetivos- que se pretenden estudiar o demostrar en este tema concreto):
• Como un docente-transmisor de saberes elaborados por otros (los verdaderos científicos) impartidos como resultados que no se sabe o no se tiene que saber de dónde o cómo salen para poder ser enseñados.
• Como un docente no analizado como sujeto y en tanto sujeto en dicho proceso de transmisión.
• Como un sujeto definido desde la normatividad, es decir, pensado sólo como sujeto dedicado a administrar o hacer cumplir unas prescripciones -o un orden prescrito vigente-: por eso es que se le confiere un poder autoritario delegado por el Estado (a través de una entidad oficial, un Ministerio) en un orden jerárquico, de administradores, supervisores, rectores cuya función (=misión) es velar por el exacto cumplimiento de las leyes y decretos oficiales.
-¿Qué preguntas plantea el saber de la pedagogía clásica en torno al sujeto que ha de ser llamado maestro? ¿Se lo define como sujeto de qué práctica o de qué saber?

-En conclusión, cómo es elaborado el concepto "maestro" en el saber pedagógico clásico (cómo es pensado en algunos de sus textos fundamentales)?
-¿Cuáles son las cualidades que le asigna Comenio a un buen maestro?
-¿Cómo piensa Rousseau al preceptor (y cómo define la relación que establece con el alumno?)
-¿Cómo describe Pestalozzi al maestro? ¿Cómo es el papel formador que cumple (como una acción positiva al contrario de la negativa que había propuesto Rousseau)? ¿Qué requisitos le son exigidos por éste mismo a este sujeto para que pueda actuar como maestro? (¿por qué puede ser desempeñado el papel de maestro por la misma madre en un primer momento?)
Herbart cómo entiende el maestro como el sujeto que basado en el saber pedagógico, o sea en la Pedagogía General, organiza y piensa el proceso de instrucción del que debe controlar toda su ejecución, conociendo en forma sistemática los diferentes medios (la sicología) para que pueda realizarse y tendiendo hacia unos fines (definidos desde la ética como reflexión filosófica): El maestro en este caso se define como buen pedagogo en la medida en que comprende o entiende todo el proceso -integrando sus diversos elementos y momentos- para que de la instrucción se pueda propender a la educación.

Sin embargo, podemos pensar: ¿cómo se pretende Formar actualmente al futuro maestro, al Licenciado por parte de las instituciones destinadas a tal tarea?: ¿Se trata de prepararlo en los últimos desarrollos (en los más recientes estados del arte de las ciencias de la educación, desde la Tecnología educativa a la Informática) para que salga suficientemente capacitado según las demandas del momento actual para desempeñar su oficio?

Se pretende formarlo haciendo a un lado el mismo concepto de Formación tal como ha sido pensado desde la Modernidad en el discurso pedagógico, presentándose así la paradoja de que se lo pretende formar deformándolo, ésto es, reduciendo todo su accionar al manejo adecuado de un saber técnico, pero sin comprometerlo -sin concientizarlo- con su verdadero proceso formativo.
La investigación que se proyecta, intenta indagar en el medio: hasta qué punto se ha prescindido del saber pedagógico y de su concepto fundamental de formación para supuestamente formarlo (=capacitar, preparar, dotarlo de aquellos recursos prácticos) según se ha delimitado en el contexto que debe ser el perfil del actual educador.
Se pretende además sustentar teóricamente la tesis que defendemos en el sentido de que el futuro maestro debe ser Formado fundamentando este proceso en la Pedagogía como el saber constituido a partir de la Formación como su concepto fundamentador y rector. Como es obvio, este saber pedagógico en el que debe orientar su accionar, debe ser fundamentalmente necesario en su formación, pero debe complementarse con los otros saberes que se le exigen en su desempeño como docente, o sea, mirándolo desde su práctica docente. La pedagogía es el saber necesario -que debe ser el saber integrador, que le dé sentido a todo lo que planee, emprenda y realice- pero no suficiente para que un maestro pueda ser tal. Hay que preguntarnos entonces, ¿qué o cómo se ha entendido el saber pedagógico? ¿O con qué se lo ha confundido, a qué se ha reducido? Un educador en ejercicio cree saber lo que para él es pedagogía y según esta misma creencia realiza su tarea (reducida al rol que le toca desempeñar).

Reflexión sobre la producción literaria

Una descripción de un lugar, de un individuo, o la narración de un acontecimiento o hecho ocurrido o imaginado se podría considerar como “literario”? Qué es lo que caracteriza a un escrito como “literatura”? Qué o quiénes le asignarían dicho carácter? Es la aceptación por parte de una academia o sociedad “literaria” el que un determinado escrito posee “arte literario” o es la difusión o aceptación popular en un determinado momento o época histórica?

Me llaman la atención los casos heteróclitos, en diferentes contextos históricos, que no concuerdan con los modelos “clásicos”, válidos o existentes en ese momento y que sin embargo se han considerado después como obras literarias y aún de un carácter genial o destacado como tales luego por la crítica y por los demás escritores, es decir, por la comunidad académica en este caso y por un contexto social específico. Algunas se estas obras se convierten a su vez y como sin pretenderlo en las obras “canónicas” o modelos para analizar o evaluar otros textos contemporáneos o posteriores. (Será esto lo que se pretende entender como el “estilo” literario, como el modelo canónico según el cual habría que escribir, para poder ser aceptado como obra literaria, el resultado o producto de dicho trabajo de escritura?) Pienso en autores que no siguieron un modelo previo existente sino que antes, al contrario, impusieron una “manera” de escribir que después fue criticada o seguida por otros escritores posteriores, como Proust, Artaud, Bataille… Se propusieron directamente escribir contraviniendo los cánones establecidos o tal vez no los tuvieron en cuenta muy fielmente, no fueron conscientes de todo lo que implicaba seguirlos –como era lo “normal” en otras épocas o contextos históricos en los que era esencial o indispensable seguir y no apartarse de dichos marcos formales, si se quería ser “literato”. Pienso si tal vez esta inconciencia con respecto al modelo seguido o con respecto a los parámetros que tenían que seguir, fue lo que les permitió crear la obra que pretendían crear, sin “vigilar” si seguían una norma o si se alejaban de las reglas vigentes. Se puede entender esta actitud como una confrontación del formalismo y un logro del realismo? Es el contenido mismo el que está fluyendo del proceso literario enfrentando las cadenas formales o formalistas que había sido en el trabajo literario el modus operandi sine qua non para consolidar un proceso de creación literaria? Un escritor piensa primero en el contenido –en lo que pretende decir o comunicar- o en la manera en que debe decirlo, expresarlo? Se ha creido que el escritor literario, precisamente por ser literario ya tiene asimilada o dominada de tal modo la forma en que va a escribir o que va a emplear para escribir su texto, que ésta le fluye o le surge casi de manera espontánea demostrando así su experiencia o dominio como escritor. (Un lego en asuntos literarios, entonces, no sabría siquiera cómo empezar a escribir, por que no se le ocurriría nada: no sabría cómo o por dónde empezar, si tal tema o asunto es digno de contarse o no… Es intuición, conocimiento, instinto o se trataría más bien de una seríe de factores, inconscientes unos, resultado de la formación o de la experiencia (o dominio sobre el proceso de escritura) que tendría más que los otros? Precisamente es esta diferencia o superioridad la que lo caracterizaría como literato? En este sentido, es por esto que ser escritor es una profesión, es decir, escribir puede considerarse un oficio con cierto grado o carácter profesional, de tal suerte que pueda ser reconocido por propios (los colegas en este mismo oficio) o por extraños, los otros, quienes recibirían sus obras con cierto grado de asombro o expectativa según sea su gradación o carácter literario. O sea, a unos se les reconocería desde un primer momento (o inicio) como escritores, como tales escritores, mientras que los otros que no han sido reconocidos aún o que pasado un tiempo talvez lo serán, tendrían que insistir o proponerse, ex profeso, ser aceptados en un contexto académico o más bien ya, en un contexto social general -aunque hay que tener en cuenta que se lee cada vez menos, es decir, que un escritor para ser aceptado como tal, tendría hoy –paradójicamente- más dificultad para serlo, porque –aparte del círculo muy cerrado o rígido de los escritores que dicen serlo o ya han publicado diversas obras que los acreditan como tales- aún con la profusión “literaria” que hay, el ciudadano común, o no lee –porque está siendo abordado o bombardeado continuamente por periódicos, revistas, libros de divulgación, best sellers, folletos de autoformación, o de autoayuda, que prometen guiarle o solucionarle todo problema afectivo, sicológico o hasta económico o moral que pueda tener- o adopta una actitud de indiferencia o de escepticismo frente a la producción editorial en general.

(Esta reflexión se puede leer completa en Letralia No. 165) http://www.letralia.com/165/ensayo01.htm